mi amiga la que escribe

La otra noche me llamó desde Lima una amiga que es escritora (al menos eso dicen de ella aunque yo nunca he leído nada suyo). Ella es bastante seria y hasta a veces es un poco aburrida cuando se enrolla con sus cosas de literatura y lo que escribe.

Ella sólo me llama para pedirme favores, o para que le cuente cosas que después las escribe. Así que desde que sentí el tono de su voz al teléfono me preparé a que me pidiera algo.

- ¿Y cómo estás? hace tiempo que no hablábamos.
-Sí, supongo que es la distancia pero yo cada vez que te busco no te encuentro...

- Es que ando un poco ocupada ultimamente...

- ...

(mi amiga anda ocupada leyendo el periódico, tomando café, regando sus plantas, haciendo crucigramas)

Luego del silencio dijo lo que me esperaba.

- Y…como estoy tan ocupada y estresada en estos días (mi amiga se estresa de la nada) te quería pedir un favor...
- Ajá...
- Tú que estás en Noruega y tienes bastante tiempo libre con eso de los días largos, el sol de media noche…no sé… ¿me podrías escribir algo así como una crónica sobre tu país?
- ¿Mi país?
- Bueno sobre Noruega, pues. Es que me han pedido que escriba algo sobre Noruega pero yo no sé que escribir y ya no puedo mas con este estrés…
- ¿Crónica? pero eso es una cosa seria, aquí la seria eres tú.
- Bueno, no crónica crónica, es más bien una anécdota. Es para una revista nueva y muy bonita de ver. Es a colores, no vayas a creer que es un periódico de medio sol a blanco y negro. Bueno esto va a ir dentro de una sección llamada “divertimento”. Así que ya sabes, una cosa así ligera, divertida, que no empache. A ti eso te sale bien y mejor que a mí.

(mejor me tomo como piropo lo de ligero)

Y bueno al final acepté porque a pesar de que mi amiga es un poco caradura es buena persona. Además si le decía que no, se iba a enojar y eso no me conviene; ella me ha salvado en varias así que escribí lo que me pidió.

Takk, takras

La primera palabra que aprendí en noruego fue takras.
La veía por todas partes en unas señales de alerta (!).
No tenía idea de que era lo que esto podría significar.
El sonido de la palabra me gustaba mucho.


T a k r a s


Me sonaba a nombre de demonio. La versión noruega de supay.

Takras supay.

La palabra se me metió en la cabeza y la convertí en mantra mientras caminaba por las calles de Oslo sin rumbo fijo. “Takras, takras, takras” repetía a lo largo de la avenida Karl Johan esa mañana de febrero.
Febrero es uno de los meses más fríos en Noruega.
Me congelaba y buscaba un café.
Decir takras – en mi cabeza- me tomaba un segundo, y yo estaba contando el tiempo para tomar ese vuelo doméstico que me llevaría al norte de Noruega, a Bodø, la ciudad donde vivo actualmente.
Finalmente encontré un café y fue ahí donde entonces aprendí otra palabra nueva que pillé en el aire: takk.


T a k k


La gente decía takk y sonreía.
Decían takk cuando recogían el café del mostrador. Takk y a veces se abrazaban- sí, los noruegos también se abrazan-, takk takk decían también dos veces. Takk y takras, takk takras, takras takk; como el ruido que hace mi teclado cada vez que escribo.
Deduje que takk significaba “gracias” por las sonrisas y los gestos de la gente al pronunciar esa palabra.
Pedí un café y unas tostadas y me senté en una mesa al lado de la ventana a seguir contando segundos, pero ahora en sorbos y mordiscos.
Cuando me sirvieron el desayuno dije sonriendo takk y me sentí tan rara.
El café era antiguo y de fondo sonaba Kings of Convenience.
La gente entraba y salía con prisa. Se vestían y se desvestían de unos abrigos enormes y unas bufandas gruesas. Al hacerlo su aspecto cambiaba. Podía ver realmente como eran.
En invierno nunca se sabe bien como es el aspecto real de una persona.
De pronto empezó a nevar.
Nunca había visto nevar hasta entonces. Me dio una sensación entre tristeza y alegría. Conté el tiempo que duró la nevada: veintisiete minutos.

En ese café yo era la única que parecía que nada me apuraba, aunque la verdad no dejaba de contar el tiempo: lo medía con la nevada, con la palabra takras por segundo, en sorbos de café y mordidas de tostadas con mermelada, medía también el tiempo en cigarros, en cuadras, en cambio de luz de semáforo y en cuanto me tomaba ir y volver desde un centro comercial muy grande hasta la estación de tren al final de la avenida Karl Johan (no vaya a ser que perdiera el tren al aeropuerto).

Seguí dando vueltas por Oslo y de pronto me di cuenta que estaba poseída por la palabra takras. No me equivoqué al pensar desde un principio que algo tenía que ver con el demonio.

Me cambió el lenguaje de pronto. Empezaba a pensar en cosas como ¿Dónde takras quedará el museo Munch? Me gustaría ver El Grito/ ¡Takras! ¡Qué guapo ese rubio!/ Vuelo doméstico de las mil takras ¿por qué no pudo salir en la mañana? así me evitaba tirar este tiempo de takras en Oslo.

Takras era una palabra que empecé a usar para maldecir.

El tiempo siguió su curso. Finalmente llegó la hora de volver al aeropuerto. Antes de abordar el avión me compré una postal de Munch con El Grito ya que nunca llegué a encontrar el takras museo.

Al final, ya estando en el avión, me despertó la voz del piloto que decía que acabábamos de sobrepasar la línea polar. Abrí los ojos y pegué mi nariz contra la ventanita del avión a ver si veía algo.

Ahí abajo estaba todo negro, no vi ninguna línea, pero pensé en los mapas del atlas.

¡Dios, takras, que lejos estoy! pensé.

Volví a cerrar los ojos hasta que me despertó el impacto del avión contra la pista. Habíamos llegado.

Bodø estaba oscurísima, como si fuese media noche a las 3 de la tarde, la hora en que aterrizó el avión.

La nieve que vi en Oslo era ligera y falsa (como de tecnopor) comparada la nieve que había entonces aquí al norte de Noruega.

Esta nieve parecía densa y espesa, blanquísima. Lo cubría todo inminentemente. Los sardineles de las carreteras eran de nieve, había nieve apilada a los lados de los estacionamientos, de las aceras, nieve por todas partes, incluso sobre la gente. Los tejados de las casas tenían sin exagerar más de medio metro de nieve sobre ellos.

Y aquí en Bodø aquella señal de takras! estaba por todas partes. Entonces pensé que si takras era un demonio, Bodø era el lugar donde este demonio vivía.

Ya habiendo recogido mi equipaje y esperando en la cola para tomar un taxi sucedió algo que nunca olvidaré.

Un chico que también esperaba un taxi se encontraba muy cerca de esa señal de takras!. A mí eso me dio mala espina; presentía que algo malo iba a pasar. Así que lo vigilaba. Este chico, vestía un traje azul que al parecer era un uniforme y era la takras de guapo; esa fue otra de las razones por las que no le quité la mirada.

Él no se daba cuenta que lo miraba, estaba más bien perdido como lo está la mayoría de gente que baja de los aviones.

Así que de pronto sentí dos sensaciones: lo que debieron sentir los iluminados en Pentecostés y lo que los pinceles de Munch cuando pintaron El Grito: con las manos en la cara tal como el hombre en el cuadro, con los ojos bien abiertos y la mirada fija, congelada, grité:


¡taaaakraaaaaas!


El chico reaccionó de inmediato, en un acto reflejo, dando un paso hacia delante.

Lo salvé del alud de nieve que caía como un vómito polar, blanco y denso, desde un tejado.

El chico me miró y me dijo sonriente:

-Takk

Y entonces, doblemente iluminada, ya lo comprendía todo.

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Takras viene de dos palabras noruegas tak (techo, tejado) y ras (alud).
La señal takras! indica alerta ante esa nieve pesada, acumulada y peligrosa que está a punto de caer de los tejados sobre las cabezas de los distraídos.

esta anécdota ha sido publicada en Lima, en el número 2 de la revista Lamujerdemivida

artista invitada: esperanza


esta soy yo en la piscina, segun esperanza

Nada

Hoy día me esperaba un día agitado, un día muy grande, largo, me levanté muy temprano pensando toda la noche anterior en lo que tenía que hacer, al final cuando debí alistarme para salir sentí como si fuese a enfrentar un monstruo, la rutina, me dije y me vestí con un traje de baño.


En lugar de tanta obligación me fui a sumergirme en una piscina y fingir que no existía.


Nadaba y respiraba con fuerza por debajo del agua. Sentía el cloro que quemaba mis ojos abiertos como queriendo encontrar la verdad en el fondo de la piscina.

Buscaba el orden dentro del agua.


El agua siempre es algo que me dado la sensación de orden. La tensión superficial, las propiedades de ésta según la temperatura, las moléculas: dos de hidrógeno una de oxígeno, un triángulo, un balance, el agua siempre es el orden, la calma, la verdad aún cuando es el agua de una tormenta.


A ratos pensaba en mi agenda, en las clases, en las listas que no he recogido aún y en las solicitudes que no he escrito, pensaba en la universidad y en mi pupitre vacío, en mi nombre exótico (para ellos) pronunciado en voz alta por mi profesor.

– qué pensaría mi profesor de mí con el nombre que tengo, al pasar lista ¿imaginaría a un papagayo?-

Pensaba en todo lo que debí y no hice, pensaba en la cruz en rojo sobre un casillero al lado de mi nombre: el símbolo del profesor para marcar la ausencia.

M i a u s e n c i a

Pensaba que quizás debía salir de la piscina, vestirme con un traje de pantalón y chaqueta y correr hacia lo que todo lo tenía que hacer en lugar de este bañador azul con rojo, en lugar de este gorro de látex, en lugar de todo esto infantil, ridículo, pequeño, un poco todo como yo.

Entonces me sumergía aún más y retenía el aire dentro de mis pulmones. Pegaba mis brazos a los muslos y me movía como un gusano. Buceaba hasta que me faltaba el aire hasta que todo se oscurecía y entonces tocaba fondo y me quedaba quieta hasta llegar a la superficie.

Sacaba la cabeza del agua y me ardían los ojos. No sé si era el cloro o quería llorar. Quizás las dos cosas.

Volvía a respirar profundamente y a hacer burbujas.
De pronto pensé en tus ojos.

Tus ojos
tu mirada, miles de tus ojos debajo del agua en esas burbujas mirándome ahí cuando yo no existía.


Porque tú sabes bien quién soy cuando yo no existo.

Caminaba descalza por el borde de la piscina chorreando agua, tiritando un poco, pisaba ligeramente las mayólicas, con miedo porque de pronto todo se volvió como un campo minado de tus ojos.

Me mirabas ahí mientras no existía, en la piscina, en la ducha, en la calle. Me mirabas con tus miles de ojos esparcidos por todas partes regados sobre el piso de la cocina como esta plaga de bichos marrones que llega cada verano.

En casa vi mi maletín listo, mi horario, mis post-it con números a los que debería haber llamado.

Me solté el pelo húmedo que olía a cloro y me miré al espejo.
Entonces te vi y me excusé: hoy no podía, por eso me he tomado el día para escribir.

Me puse la ropa de entre casa y aquí estoy poniéndole a esto el punto final.

a ella le gusta la gasolina / hun liker bensinen


la gasolina ha llegado hasta aquí.
hoy empecé las clases a las 8am en el bus en la radio sonaba "a ella le gusta la gasolina"
miré por la ventana y el paisaje con esa canción de fondo me confundió.
dame más gasolina.
hoy es lunes.
på norsk.
bare dritt

Fotos


He conseguido un trabajo de medio tiempo en una fotografía.

Es fácil. Es casi como usar el computador porque mi trabajo es revelar, o más bien imprimir, fotos digitales.

Me gusta el trabajo porque soy un poco voyeur pues me encanta y me entretiene ver fotos de desconocidos.

Hoy ví 45 fotos del cumpleaños de una chica.

Cumplía 25, vi sus velas en la torta de chocolate, vi sus regalos, vi a sus amigos y familia, la vi sobria y ebria, vi su cara distraída y también posando, vi a quienes quería más en esa fiesta y a quienes menos, vi también que estaba feliz a ratos y ratos como agobiada o indiferente a la fiesta.

He visto también hoy una boda, una excursión de pesca, un cumpleaños de un niño de mirada muy tierna, he visto una cena familiar –sí familiar porque les notaba los mismos rasgos físicos en la cara-, y he visto un funeral.

Me he detenido a mirarles las caras a los asistentes del funeral a ver quien ha sufrido más y quien sólo posa.

Entonces hago una lista, hago fichas según sus rasgos y les invento un nombre y un parentesco con el muerto.

Es algo difícil de hacer pues en las fotos de los funerales casi nunca nadie sonríe. Y digo casi nunca pues el sonreír frente a una cámara es casi un acto reflejo al que estamos acostumbrados desde niños.

“A ver, una risita” me decían a mi cuando era niña y me tomaron unas fotos que parecen una tira cómica de un personaje en movimiento.
Yo le tenía que sonreír a un extraño, le sonreía y no sabía por qué.
Así como la gente que sonríe en las fotos de funerales, porque es un acto reflejo.
Esas fotos están en la escalera de mi casa, en un marco de madera muy largo y estrecho como un esquí. Mientras uno sube la escalera, ve a esa niña moverse y cambiar de expresiones.

Así me he pasado la tarde, haciendo estas fichas y observando cuidadosamente las fotos de ese funeral mientras he seguido imprimiendo fotos.

He pensado que con la computadora del revelado podría ver mucho más, así que he agrandado los detalles para leer las dedicatorias de las coronas de flores y así, he tratado de hacer una coincidencia entre los nombres de la gente firma y de los que salen en las fotos. Además de saber ya el nombre del muerto, saber los parentescos, la edad calculada, sé también en que cementario esta el muerto pues también tengo algunas fotos del entierro.

Me ha dado mucha tristeza porque siempre es triste cuando se muere alguien de quien uno conoce su historia.

Esta tarde han venido a recoger las fotos del entierro. Se supone que yo no debería ver las fotos, son las reglas de trabajo, pero me he atrevido a decirle a la viuda: perdóneme el atrevimiento pero le doy mis más sentidas condolencias y la he abrazado ligeramente luego de preguntarle si desea de todas formas la oferta de la ampliación.

Ella no quiere ninguna ampliación como supuse. Cuando le di el pésame me hizo un ademán de agradecimiento fue ahi cuando la miré bien a los ojos y confirmé lo que me mostraron las fotos: ella está feliz de que el marido se le haya muerto.

Entonces pienso que esas fotos van a ir a parar a manos de los hijos o quizás a un desván lleno de porquerías.

Al final, antes de irse de la fotografía me ha dicho: bueno sí quiero la ampliación de esta foto.

Es una foto en donde sale ella con sus hijos y detrás de ella hay un hombre que no es de la familia que la está tomando de la mano. No sé ve casi en la foto, pero yo lo sé bien porque con el programa del revelado se pueden seguir los trazos de la piel y las formas de los músculos para saber la posición del cuerpo que no aparece en la foto.

Seguro es su amante.

Yo casi le he dicho que es una caradura, y que si no tiene respeto por su marido recién muerto y que por qué no amplia la foto donde está ella sola con el difunto, o la de sus hijos, o la del salón y la capilla ardiente. Casi le he dicho que cómo es que quiere la ampliación de la foto de un funeral, que si está loca.

Pero me he callado y le he escrito el comprobante y lo he hecho por razones profesionales pues no debo perder clientes.

Mucho menos clientes como esta mujer, pues me gana la curiosidad e impaciencia a que revele las fotos de vacaciones con su amante.

Podría ser historia

Hoy día fui a la universidad a inscribirme para el nuevo semestre.

Estoy en el último año de la carrera por lo que sólo llevo cursos de libre elección. Al llegar al mostrador le pedí ayuda al chico encargado de las inscripciones.

- No sé que cursos tomar.
- Déjame que vea tu perfil.

Tecleaba en la computadora y miró mi record; me dijo que tomara ciencias políticas, política exterior y globalización y sociedades árticas.

Yo no sé que tendrán ahí en la universidad en los perfiles, pero yo debo de haber salido con una chaqueta llena de pines y chapas tipo “salvemos a las ballenas” o “vota por el partido laboral”.

- Sociedades árticas sí me va a gustar. (me gustan los osos polares)
- ¿Y que más?
- Pues, no sé bien…
- ¿Qué te gusta?

me gustan los osos polares y tu camisa morada.

- Podría ser Historia. Voy a tomar historia.

Mientras buscaba los datos de los cursos en la computadora, apareció de pronto una mosca.
Aquí por el clima frío es muy raro ver moscas, sobre todo en oficinas dónde no hay nada que se pudra.

La mosca se posó sobre el chico de la oficina y empezó a caminar sobre él. Él seguía imperturbable moviendo apenas dedo ínidce sobre el mouse frente al monitor. Yo veía como la mosca le caminaba sobre su camisa morada, por el pecho, los brazos, subía por el cuello escalando por la piel rosada de sus orejas; el bicho parecía no tener alas para recorrer todo ese trecho sin volar.

Cuando la mosca estaba caminando sobre su cabeza, moviéndose como un piojo inmenso entre su finísimo pelo rubio, me dio la impresión de que estaba siendo atendida por un muerto.

Si me encontrara un muerto en la calle lo primero que haría al instante después de saber que está muerto, sería buscar en sus bolsillos alguna identidad.

Buscar su nombre.

Él tenía su nombre grabado en letras negras sobre un prendedor plateado: KJELL

- Kjell, te estás muriendo – me atreví a decirle.

Entonces la mosca voló. El levantó la cabeza y me miró a los ojos profundamente. Hizo un silencio que lo sentí sólido sobre la boca de mi estómago. No sé como describir la expresión de su mirada ahora, pero sentí miedo en ese momento. Quizás su mirada tenía una mezcla de rabia y tristeza verde, como el color de sus ojos.

- Aquí están tus cursos, María.

Antes de irme busqué por toda la oficina a la mosca. Movía mis ojos para todos lados mientras recogía la hoja de inscripción pero la mosca había desaparecido. El me había llamado por mi nombre y yo por el suyo; todo era tan raro y denso, como el ambiente de un juicio donde se está a punto de dictar una sentencia.

De pronto sentí que me desmayaba, pero me alejé del mostrador y traté de seguir caminando con la vista nublada y con una sensación de hormigas por todo el cuerpo hasta la cafetería.

Pedí una botella de agua y al pagar vi que la chica que atendía, tenía una mosca caminándole por la frente.

Se la espanté de inmediato, de un zarpazo violento con mi hoja de inscripción que casi la golpeó en los ojos.

Ella sonrío sorprendida.

- A veces hay moscas y hoy tenemos pescado de menú.

No le dije nada. Caminé hacía las mesas sintiendo el cuerpo pesado, la sangre espesa asentándose sobre mis extremidades, la respiración pausada y profunda, arrastrando las piernas en pasos lentos, como una salvavidas menuda saliendo del agua cargando un cuerpo tan grande como el de Kjell.

Porque a ella, ya le había salvado la vida.

Línea

Lo primero que encontré hoy al llegar a casa fue la mirada de un extraño que estaba en mi comedor de diario.

- Estaba abierto, por eso entré- le dije, mientras me palpaba el bolsillo derecho buscando mi navaja suiza.

No la tenía conmigo.

El miedo me hace sonreír.

Él me devolvió la sonrisa.

Mientras me quitaba el abrigo pensaba en mi navaja suiza: pensaba que él la podría tener, pensaba en como se sentiría hundir una navaja en e cuerpo de otro, pensaba en la sangre o si saldría un líquido amarillo de hundir la navaja en el hígado.

Me senté con él a la mesa y me ofreció un café.

Vi como preparaba el café cuidando cada detalle. Abrió la alacena y buscó las bolsas de café, leyó el tipo de café y me pregunto si quería un café negro o algún capuchino. Olió los empaques de café, los dejó frente a él por dos segundos y se decidió por el empaque rojo –yo hubiese hecho lo mismo- hirvió el agua lavando antes la tetera, calentó la leche agitándola perfectamente y sin violencia con un batidor de globo.

Le había pedido un capuchino. Me dio el frasco de canela y se sentó a la mesa en el sitio que yo suelo ocupar.

Yo bebía el capuchino lentamente y sentada desde ese sitio que no era el mío habitual, vi mi casa distinta.

- ¿Tú no vas a tomar nada?
- No, es que ya he desayunado.

Entonces me fijé que en la cocina había migas de pan sobre la encimera; un vaso, ese tan horrible de payasitos que nunca uso, con restos de jugo de naranja y la mantequilla estaba aun fuera del refrigerador.

Me molestó ver la mantequilla fuera del refrigerador. Pensé en que estaría derritiéndose y echándose a perder, más ahora que está llegando el verano.

- Deberías guardar la mantequilla en el refrigerador, ahora que llega el verano se derrite muy rápido y entonces se divide la grasa de los conservantes. Después uno come pan con conservantes.

El se levantó de la mesa y metió la mantequilla en el refrigerador. Al mismo tiempo saco una botella de agua mineral y se sirvió un vaso.

Mientras él bebía el agua yo casi terminaba el capuchino perfecto y observaba la casa desde ese sitio que nunca había ocupado yo, el sitio de los invitados.

Desde ahí veía todo desde un ángulo distinto. Quizás se veía todo más bonito desde aquí y puede que haya sido esa la razón que este sitio haya sido siempre para mis invitados. No recuerdo bien por qué nunca me senté en este sitio. Cuando uno llega a una casa ocupa de pronto un lugar en la mesa, un lado de la cama, una posición determinada cuando se ducha. Uno no sabe por qué lo hace, sólo sucede así, y puede que inconscientemente sea que ocupamos el lado peor, el más incómodo o la peor vista porque queremos impresionar a nuestros huéspedes.

Sí. Vivimos en un mundo de apariencias, aun en nuestra propia casa. Que jodido.

- Tienes una casa linda –le dije.
-Gracias –sonrió- pero la verdad es que yo no la he decorado.

Entonces pensé que iba a sacar un cuchillo de cocina y me lo iba a clavar el estómago diciendo: “la casa era tuya pero ahora soy yo el dueño”. Yo sangraría hasta morir, y sería como una escena de una película de terror casera.

En lugar de la escena de terror, me sirvió más capuchino y me preguntó:

- ¿y cómo te fue hoy?

Le empecé a contar cómo me había ido hoy, literal. Le conté todo ese rollo de hoy del trabajo, que a lo mejor y me despedían.

- Bueno, a veces cuando una puerta se cierra, otra se abre- me dijo.

Se terminaba de beber el agua mineral y eructó tapándose la boca y pidiéndome disculpas.

Recogió la mesa y se fue a la cocina y miró el reloj. Empezó a preparar la cena. Yo me senté al lado de la ventana y jugaba con el cajón de los cubiertos, abriéndolo y cerrándolo. Ahí había dejado mi navaja suiza y me la guardé en el bolsillo en el momento en que él freía un bistec y cerró los ojos por miedo al aceite caliente.

Mientras cocinaba me contaba que era escritor. Dentro de poco publicaría un libro que se llamaría “Líneas Blancas”.

- ¿Cocaína?

Se rió y me sentí tonta.

- Todo el mundo escribe sobre cocaina, yo paso.

Me empezó a explicar que el libro se llamaba así pues el había viajado mucho por carretera: manejando camiones o haciendo autostop. Un día se le ocurrió medir las líneas blancas de la carretera en distintas partes y todas eran exactamente del mismo tamaño.

- Incluso fuera del país lo son. Piensa tú: un obrero chino en la China, dibuja la misma línea, del mismo tamaño y hace exactamente lo mismo, y puede que al mismo tiempo, que un obrero aquí, en la carretera marginal que conduce a la selva.

En su libro el usaba las líneas de la carretera como medida, no usaba kilómetros, sino líneas blancas. Hacía un inventario de líneas y las agrupaba con un tiempo y lugar determinado, todo esto iba acompañado de una historia, de alguna fotografía o postal y de las hojas de cálculo y diagramas en donde relacionaba las líneas blancas de la carretera con su vida y los años vividos.

Me interesó su libro bastante como me empezó a interesar él. Nos pasamos hablando de su vida y de la mía durante toda la cena. Abrimos una botella de vino y otras más. Al final ya borrachos bailamos boleros y terminamos desnudos sobre la alfombra haciendo el amor.

Al desvestirme mi navaja suiza cayó al suelo. Él la tomó entre las manos, la abrió y con el punzón me dejó en la piel un rasguño muy leve que me mató de placer.

A la mañana siguiente desperté muy tarde. Salí corriendo y llegué tarde al trabajo. Me despidieron y no me pudo haber importado menos.

Volví a casa y él ya no estaba. Me dejó una nota: “siéntete en tu casa”.

Me metí a la ducha y me vi la línea que él había dejado sobre mi cuerpo. La piel estaba ligeramente roja, como una cremallera. Era una línea larga que iba desde mi garganta hasta el pubis y se unía a la línea de mi sexo.

Me imaginé yo en una sala de operaciones, abierta como en una autopsia; pensé en las clases de ciencias con sus ranas, el pollo que debía deshuesar hoy, en la cremallera que de abrirla dejaría ver mis entrañas vivas y mi corazón latiendo y pensé cuando me secaba el cuerpo, en una línea de carretera.

He medido la línea de mi cuerpo y he salido a la calle a medir una de la carretera. Hay muchos camiones que pasan veloces y violentos; me miran como llevo la cinta métrica sobre el cuello como una serpentina de carnaval que se mueve con el aire.

Exilio

A través del blog Moleskine - el cual leo con frecuencia - me encontré con este artículo:

¿Existen exiliados felices?

Partiendo de ese artículo y justo habiendo tenido que ir a extranjería (ayer), me puse a pensar en muchas cosas a la vez y aquí las ennumero como un simple inventario de mis pensamientos.

Este post no tiene conclusión, ni mucho menos moraleja. Pues teniendo este tema como centro y base la gente, no puede existir una conclusión o algo definitivo.


1. ¿Por qué casi siempre se escribe sobre el exilio? ¿Por qué se escribe tan poco sobre la coexistencia?

2. En la estación de policía (extranjería) hablaba con alguien que usaba estás palabras que usa el artículo, ella las usaba todo el tiempo: “ellos” (los noruegos) “nosotros” (los extranjeros, exiliados, inmigrantes y todo los demás términos que nos encajan). “Es que aquí es así, pero en cambio, allá…” Al final y antes de agobiarme, desvié la conversación sobre el manjar blanco, cuando ella me hablaba de la conquista y de su apellido europeo que en Sudamérica hay poquísimos (que contradicción, que pesado el tema) yo tiraba la pelota hacia el tema de mi familia materna chilena, la paterna ecuatoriana y yo me quedé al medio haciendo las negociaciones, trato de hacerle un chiste para cambiar de tema. Al final estuvimos de acuerdo en que el pisco es peruano (ella era chilena).

3. Inmigrante. Aunque tenga y haya tenido siempre un permiso de estancia legal en el pasaporte me he sentido inmigrante todo el tiempo. Y es que lo soy. La verdad es que es confuso este contexto para encontrar una palabra: soy inmigrante, también soy extranjera, soy de allá y no de aquí es un hecho demostrado con papeles y se ve a simple vista; también soy a veces exiliada.

4. Pero una vez a una amiga peruana en España le dije: “y es que todos somos inmigrantes” y ella me respondió, con acento español y fastidio: “¿inmigrante?, inmigrante serás tú, guapa, coño, que yo curro en oficina”. Aunque usted no lo crea. (felizmente que dice sentirse peruana y se emociona, dice, con el himno nacional ese dónde nos ponen que estuvimos largo tiempo oprimidos y arrastrando cadenas).

5. Y por qué si, “inmigrante” y “extranjero” son casi la misma cosa; ¿por qué las imágenes en mi cabeza son distintas?.

6. Inmigrante: me veo en la cola –como la de ayer- para renovar un visado, me veo lavando platos, me veo recogiendo fresas y limpiando ventanas (todo esto lo he hecho) también me veo sonriéndole y diciéndole que no era de Marruecos a un marroquí, en esa misma cola, que insistía que yo me parecía a su prima, mientras escuchaba que alguien detrás, con acento Latinoamericano usaba la frase “estos moros”. (que pena y que vergüenza)

7. Extranjera: Me veo perdida en el supermercado, usando el diccionario para preguntar por una calle, probando queso marrón (no me gusta) y pensando en el queso fresco de Perú, saludando con un beso a los noruegos, perdiendo aviones por huevear en las tiendas y porque pensaba que de una puerta a otra no había mucho que caminar.

8. ¿Exiliada? No lo sé. Quizás cuando lloro a solas.

9. Conozco a alguien (y se lo he dicho) que al escribir –él escribe a veces- usa mucho los términos: diáspora, exilio, extranjeros, expatriados. Es como si esas palabras le pesaran o lo persiguieran o le gustaran. Yo no las uso salvo sean necesarias, no me disgustan pero tampoco me gustan, pero sí las sé, las he vivido –las vivo- y las he sentido. Por eso las menciono poco, para mí es como ir mencionando el apellido, cosa que yo siempre considero innecesario, salvo sea para al administración pública. No necesito nombrar o clasificar lo que está ahí, en mi color, lenguaje, pensamientos, maneras. Esas palabras son tácitas, se ven.

10. Cuando trabajé lavando platos y cocinando éramos todos inmigrantes o extranjeros, legales e ilegales, pero todos en el mismo saco: tres italianos, dos irlandeses, tres ecuatorianos, dos colombianos, un argentino, un alemán, -que sólo decía “shaise” (Scheiße) y le deciamos Herre Shaise- y una peruana.

Nunca me divertí tanto en un trabajo y aun así que ganaba un sueldo de mierda y estaba hecha polvo. De esta etapa podría hacer una historieta.

(paréntesis en la cocina y sobre el trabajo)

Le decía al italiano “¡Qué haces!” cuando hacía el tiramisú junto al fogón y el mascarpone se calentaba. Él me respondía-corregía “¿que haces?, que haces, no…boh…que haces… que haces, dai, no, muy fino para cucina: adesso tu en cucina, guapa, no en la scuola, ¿lo sai?: ¡che cazzo fai!; que haces que haces, espagnolo endegnio; si tu dices me “che cazzo fai” io respondo te subito guapa, dai carina, parla italiano, tutta forza italia, roma antica, imperio (aquí este italiano, mi buen amigo que hablaba tanto, cantaba con voz de tenor, algo que bien podría haber sido el himno de Italia) anche italiani fai un tiramisu caliente, caldo, ¿ti piacerebe tiramisu caldo en la mia casa dopo el laboro?...peruviana… non so che tu fai ¿ma que fai tu, que sai tu?”.
“Peruviani fai tutto…en el letto” le decía el otro italiano. “la mia peruviana, madonna santa, io so perche io e trombato con una ragazza en Peru… perdona la señorita en cucina que io parle de estas cosas”. “Esta bien, cuenta y confiésate" le decía yo mientras cascaba huevos. Y el alemán que no se enteraba nunca de la historia entera, siempre apuntaba palabras y decía “cuenta, it means bill, right? the bill, please in a restaurant, but it means also tell me?” yo siempre le escribía palabras en su libretita y él me decía gracias en castellano y volvía a decir shaise! “Oh! Backpacking in southaerica, fantástico, también yo en 1997”. Decia el irlandés y el ecuatoriano decía “bollocks” porque se le quemaba la lasagna y decía también “mande” en lugar de “que”. “Mande plata; así siempre me dicen en Colombia" decía el colombiano y el alemán decía “shaise” y se partía de risa, mientras el otro de los colombianos decía “ hablando de trombato, hermano, ya que viene al caso” y nos contaba con pelos y señales y su acento colombiano tan bonito y que trataba de usted "disculpe usted que vaya a contar..." que se había tirado a una alemana, le contaba más a Shaise, le contaba que la alemana le decía “ja ja ja= si si si ” y le decíamos “seguro te ha dicho jajaja de risa o yayaya para que pararas porque tú…si te cansas rallando el parmesano y se te corta la panacotta como serás en lo otro” “riáse pues, pero también me decia ij libi dij” (ich liebe dich) añadía, “te habrá dicho jijiji” le decían. Yo me partía de risa y el argentino me decía “che, acá a todos nos fashá el marote, che, ni tú te salvás; mirá que a veces he visto que cortás la lechuga con el machete acordándote de Fujimori…” y al final el irlandés -el a veces jefe de cocina- decía en castellano con el acento ese que tenía tan simpático: “restaurante italiano en valencia: Sudamérica cocina, Irlanda supervisa, Alemania organiza y el único italiano en la cocina lava platos. Indegno” Entonces el italiano agregaba: “porque ascendieron a la peruana dos puestos, del lavaplatos a la cucina, que profesional el capo”.

* el restaurante quedaba en la calle La Mar en valencia, casi llegando a la plaza de la Reina.


A la salida nos íbamos todos a beber cañas al bar de la esquina o al Finnegans cuando pagaban. Escuchábamos la canción de Manu Chao, Clandestino, nos reíamos y nos daba también a algunos una especie de tristeza.


11. Pregunta del millón: ¿te acostumbras a…? (póngase aquí un lugar cualquiera como Valencia p ej) eso te pregunta la gente cuando eres extranjero, si te acostumbras; porque parece que eso es lo importante, acostumbrarse, casi nunca te preguntan: “¿te gusta…?” o “¿Qué tal aquí?”, y a veces añaden a la pregunta de acostumbrarse “¿y extrañas …?” (p. ej, Lima). ¿Y cómo es que uno se acostumbra?, me pregunto. No me he acostumbrado nunca a nada he ninguna parte.


12. No extraño Lima, no. No extraño el lugar sino yo estando ahí, echo de menos una parte de mí con un fondo. Es difícil de explicar. Tampoco extraño Valencia, pero extraño irme a pie luego del trabajo, dar vueltas por el Barrio del Carmen, tomar unas cañas en uniforme y decir “magdalenas” y desayunar magdalenas. Extraño el ruido del metro de Madrid y la cara de la multitud; también extraño respirar aire frío en Cusco y tomar jugo de naranja recién exprimida a las 6am en el mercado de San Pedro. Si me voy de aquí quizás extrañe la aurora o la claridad en la noche, estando yo siempre ahí con ese fondo. (Todo gira en torno a mí, es el ego quizás, pero si me dicen TU PATRIA entonces yo les hablo de MIS NOSTALGIAS de mí misma, de lo que soy, y de lo que yo creo que es mi patria).

13. Extraño, sí y echo de menos, sí, a personas en concreto; a personas que no están aquí y están allá.

14. No tengo “nostalgia de mi tierra” pues no tengo bien clara la idea de lo que es “mi tierra”. Puede que “mi tierra” sea el idioma en el que pienso, o mi casa en cualquier parte, o mi familia (mi familia materna y paterna son de distintos lugares). Tampoco vivo escuchando música del Perú sólo porque es del Perú. Me emborracho llena de gusto con cualquier cosa que no necesariamente tenga que ser Cristal (aunque esta sea la cerveza que más me guste). Me molesta que me digan como reproche“¿no te emociona escuchar el himno nacional fuera de TU PERÚ?” Me emociona más aquí, en Perú y en cualquier otra parte escuchar por ejemplo a Chabuca Granda, por muchas razones además del Perú. Tengo amigos en el Perú de todas partes, no sólo de Lima (y además de descendientes de chinos, japoneses e italianos pero todos peruanos), me gusta el Perú, me gustan muchas cosas que vivido ahí y me gusta como lugar; he viajado un poco por él, he vivido por estancias cortas en provincia y siempre me ha gustado todo, pero no me gusta alguna gente peruana que fuera del Perú me reproche –y a veces con un acento que no es peruano- que no celebre el 28 de julio ni me emocione con el himno. Tampoco me gusta la gente que habla mal del Perú hasta por nada, es cierto que hay que ser realistas, pero si mi padre, p. ej. fuese alcohólico, yo no hablaría de sus diablos azules sino de los chistes que cuenta cuando esta borracho.

15. Siempre digo que soy peruana pero nunca digo mi Perú (tampoco mi España, tampoco mitt Norge) porque no entiendo que uno pueda usar el posesivo delante de un lugar específico, no importan las raíces, ni las costumbres, ni los años; los lugares que se quieren están ahí siempre. Uno puede volver siempre o irse. Son como las relaciones de amantes, las más intensas: no es tuyo, no te pertenece, sino que eres parte de ese lugar cuando así lo quieren ambos, cuando las circunstancias se dan y eso no sólo es el 28 de julio y con himno: así yo sí me siento parte del Perú (y viceversa) y también de algunas otras partes donde he estado. He concluido en que la patria, para mi, es más un estado de ánimo.

16. Odio los ghettos. Tengo p. ej dos muy buenas amigas latinoamericanas. Nos juntamos cuando podemos y nos da risa decir “cafecito”, y nos reímos cuando coincidimos en cosas que se hacen en Latinoamérica, como los quinceañeros. Nos da risa también que relacionen (muchos) a Sudamérica con el che, la salsa y las llamas; las tres cosas a la vez. No nos decimos “hermana latinoamericana”, (salvo estemos ebrias y juguemos a firmar el protocolo de paz ya que una es chilena y la otra boliviana). Tampoco no nos juntamos a decir “ellos” y “nosotros” ni “aquí” ni “allá”, tampoco “antes” y “ahora”. Nos juntamos también con los “de aquí” y al final parece que todos fuéramos del mismo lugar o de cualquier otro del cual siempre tenemos algo en común. Se me viene a la cabeza esta frase central del artículo: ¿existen exiliados felices? No he conocido a ninguno. Pero he conocido a muchas personas felices de poderse exiliar. Por esta frase empecé a escribir este inventario.

17. Felices de podernos exiliar creo que somos todos. No hablo de fronteras, ni pasaportes, ni de cruzar el Atlántico, sino de algo que lo hacemos todos, exiliarnos de nuestras propias patrias personales y sus batallas (y aquí sí uso el posesivo). Hablo entonces de la acción de desprenderse de todo lo que somos y que a la vez nos ata, de romper con todo, de tirar cosas que guardamos desde hace tiempo y que nos dan tristeza (tristeza como la que dan los libros de historia), de hablar otra lengua usar otras palabras, quizás dejar de leer la prensa para leer poesía, de dejar de pensar en recuerdos e historias que nos desgastan y pensar simplemente en las cosas que vemos y que a veces brillan. Este exilio es diario y depende de nosotros.



Y algunas veces, puede que este exilio cotidiano nos haga más felices.

alguien se tiene que hacer cargo del alma

alguien se tiene que hacer cargo del alma

Hoy me desperté con esa frase en la cabeza. Si alguien hubiese despertado a mi lado, en lugar de “buenos días” le hubiese dicho “alguien se tiene que hacer cargo del alma” y luego hubiese bostezado. después arrastraría mi cuerpo somnoliento que nunca duerme lo suficiente hacia el baño y me cepillaría los dientes con los ojos cerrados.

En cada cepillada pensaría: alguien se tiene que hacer cargo del alma.

Hoy tuve esa frase todo el día en la cabeza, martillándome en mi vida simple.

Lista:
  • Café
  • Pan
  • Jugo de naranja
  • Lechuga
  • Tomates
  • Yogurt
  • Jamón
  • Alguien se tiene que hace cargo del alma
  • Detergente
  • Amoniaco
  • Tampones


Ahora que se acaban las vacaciones empieza uno a encontrarse con gente que regresa de viaje. La mayoría se va a asar como una gamba al sur de Europa, a emborracharse con dos euros (cosa que no pueden hacer aquí) y a bailar con los Gipsy Kings y creer que eso lo más latino que hay y que ya casi bailan como Joaquín Cortés.

(y no sólo les basta contártelo sino que te muestran fotos y mueven las manos en un intento nórdico de flamenco)

alguien se tiene que hacer cargo del alma.

Hoy día escuchaba a dos hablar en el supermercado. Uno le contaba al otro su viaje a Tailandia:

“Por la calle las putas te cogen de la camisa y te insisten para que te vayas con ellas, son como sabandijas…y en los pubs, cuando estás meando, entran al baño y te encierran con el picaporte y ellas ahí, mientras tú estás meando y te dicen que te vayas con ellas… y Bangkok huele a mierda; sí, a mierda. No es que sólo huela mal sino que huele a mierda”

Me giré a verle la cara al turista y supongo que se debe haber acostado con mil putas en Tailandia porque puede que nadie le haga caso.

que cruel

Se le veía sucio. Era flaco y a pesar de que era blanco, no era rosado como lo son casi todos, sino más bien tenía un tono entre gris y violáceo en la piel. Tenía los dientes pequeñitos y sucios como los de un ratón que ha comido un queso con moho.

Imaginé que alguna de las putas que se tiró le dijo: alguien se tiene que hacer cargo del alma, mientras se vestía y se guardaba el dinero en las tetas.

alguien se tiene que hacer cargo del alma.

pobre ratón.

Conducía por la carretera sin pasarme el límite de la velocidad. Todo era perfecto.

(menos mis pensamientos, menos yo).

En la radio sonaba esa canción No Rain que me hizo recordar cuando estaba en el colegio

And I don't understand why I sleep all day And I start to complain that there's no rain And all I can do is read a book to stay awake And it rips my life away, but it's a great escape

Luego pensé en que sucedía un accidente. Un mega accidente en esta ciudad tranquila. Tan grande sería el accidente que saldría en los periódicos de todo el mundo.

(pensé en eso pues en el supermercado vi de portada en el periódico local este titular “LO QUE PUDO HABER PASADO: tren de carga pudo colisionar con un vagón fuera de servicio que se encontraba en la vía errónea”. Aquí la noticia es lo que pudo ser y lo que no fue)

Yo estaría ahí en el accidente. Entre los escombros, los heridos y los muertos. Me vi accidentada, con la frente rota y sangrante, con las manos sucias y la cara al ras del pavimento.

Entonces vería bajar a Dios y al Diablo.

Pensaba, atrapada entre los fierros retorcidos en mi frase: alguien se tiene que hacer cargo del alma.

¿Quién lo diría primero?

Entonces Dios y el Diablo se miran y lo dicen al mismo tiempo. Luego se separan por caminos distintos entre el desastre.

Dios le cierra los ojos a los muertos con un beso y el Diablo empieza a animar a los heridos como yo, con palmadas violentas en las mejillas y a gritos.

(como la voz del principio de esas canciones de Centroamérica, como el regaetón por ejemplo, algo así como “¡todo el mundo, levántense!”.

Luz roja.

(pupilas del diablo)

alguien se tiene que hacer cargo de mi alma.