No quiero ver la ciudad, he vivido en una ciudad hasta hace poco, y cada cosa la relaciono con vivencias frescas.
No quiero pensar en nada, no quiero relacionar nada.
En un pueblo veo el campo, todo es verde, el verde lo relaciono con Lorca y con nadie más.
Otra cosa que veo son animales, vacas, ovejas, caballos. Los miro como esos cuadros kitsch en el comedor de la casa de mi tía abuela.
Aquí, sólo pienso en cosas así, en queso, en animales, en crisantemos, en cosas kitsch.
No es la primera vez que vivo en el campo, de hecho es la segunda. La anterior fue una época en la que estuve bastente feliz.
Por eso también me he venido al campo, porque quizás lo relacione con la vez anterior.
Pero sí, lo único malo de estar alejado, es que te puedes enfermar y entonces no hay un hospital.
Y estoy enferma.
He ido al médico y me ha presionado el abdomen, me gusta cuando los médicos con sus manos blanquísimas y limpias me presionan el abdomen.
Pero no me gusta cuando me miran la garganta con esa espátula pero sí cuando me presionan detrás de las orejas, aún cuando duela, como ahora.
Además me ha mirado los ojos muy de cerca, las palmas de las manos, me ha oído el corazón y ahí pensé que diría "no tienes arreglo".
Pero se ha quedado en silencio y me ha mandado unos análisis.
Y es curioso. Me ha dado un sobre franqueado, osea no gastaré en estampillas, y un frasquito que tiene un número.
En este pueblo no hay laboratorio, debo enviar la muestra de orina por correo.
Y siento que lo que voy a cometer es casi un crimen con premeditación y alevosía, casi como en una de mis ficciones escritas hace un tiempo vuelta realidad: yo, meando en un tubito, cerrándolo, metiéndolo en un sobre, enviándolo por correo.
Imagino la cara del cartero cuando lleve ese sobre y se lo entregue a mi enemigo.
En la ficción mi enemigo recibía sangre y yo describía su reacción como la de Gauguin cuando recibió la oreja de Van Gogh.
En la realidad envío una muestra de orina pues según el médico es probable que tenga algún virus.
Y yo espero que la reacción del laboratorista al ver mi muestra sea la misma que tiene un burócrata al poner un sello en un formulario.
Otra cosa.
Luego del médico con el sobre del laboratorio en la mano me compré un pastel de manzana.
El sobre se manchó con el pastel. Ha quedado una mancha pequeña de grasa.
Imagino de la cara del cartero cuando vea el sobre.
Quizás debería dejarle una nota: "es pastel de manzana".
Pero ya me lo ha dicho el psicólogo, que no debo ser tan considerada con los desconocidos.



