Escribo porque no quiero ver nada más que lo que escribo.

Escribo porque me duele el sol de medianoche que está a mis espaldas.

Escribo para resucitar y entonces escribo también para decir que he muerto.

Escribo para no escribir una carta.

Escribo porque no quiero lavar los trastos, porque no quiero deshacer maletas, porque no quiero enviar postales.

Escribo porque no quiero pasar las páginas, dar los buenos días y ponerme un traje.

Escribo para olvidarme de las navajas, de los hoteles, de las carreteras, de los ascensores y los extraños; para olvidarme del insomnio, de los silencios, de las canciones, de los divanes, de los poetas, de los libros ajenos, de los trenes; para olvidarme de mi nombre, del invierno, de los cristales, del polen, de los cementerios, de las ciudades, del mar y las colillas de cigarro. Escribo para olvidarme de los aeropuertos, los exilios, las madrugadas; escribo para olvidar el crucigrama, las pastillas, el vino y los refranes.

Escribo para poder colgar un ángel de mi cuello y esconder un demonio en mi garganta.

Escribo para no llorar, para partir el tiempo, escribo para dejar de respirar, escribo para escribir.

Escribo mientras espero la lluvia, mientras se mata un deseo, mientras se despiertan los amantes y se duermen los presos.

Escribo mientras se llena la luna, mientras sueña un perro, mientras llora un niño, mientras cierran los bares, escribo mientras un dolor me atraviesa el pecho. .

Escribo por si es que encuentro eso que no sé bien que busco.

Escribo hasta el cansancio porque quiero cansarme de sentir.

Escribo para vivir un poco menos.
Cuando yo tenía 19 años entonces todo el mundo hablaba de Coelho y me puse a leer El Alquimista.

Lo leí casi de un tirón, en unos días, cada vez que iba al instituto en bus.
Lo terminé un fin de semana y me quedé con una ceja levantada y luego me fui a una fiesta.

La resaca me borró a Coelho.

Luego cuando vine aquí de pronto todos empezaron a hablar de Coelho.
Entonces decidí leer "El demonio y la señorita Prim" (Djevelen og frøken Prym) en este idioma así lo practicaba y entonces podría yo también hablar (rajar) de Coelho.

Pero las primeras páginas del libro me dormí.

Para moralejas no hay como Esopo y Samaniego.

Aquí hay unos new age que por la calle te regalan un folleto, también a veces te dan flores y te venden incienso. Bueno las mismas palabras de ellos las usaba Coelho.

Siempre que digo que soy de Sudamérica y que me gusta leer me dicen : Coelho.

Yo les levanto una ceja y les digo: se me borró con una resaca.

Hoy día encontré este artículo que lo leí con una sonrisa, pero ya aquí me hizo soltar una carcajada:

"On balance, there's more psychological depth in Calvin Klein's Obsession than in Paulo Coelho's Zahir"

Bueno y todo esto porque al fin quería confesar que mentí por cortesía una vez más ("gracias, lo leeré con gusto") y no sé que hacer con ese libro "Once Minutos" (elleve minutter) que una bien intencionada me regaló y cada vez que la veo, trato de decirle que sigo adaptándome (o con resaca) y que no puedo pensar (ni leer) en noruego para evitar el tema Coelho.

Si supiera...

Tu cicatriz en mí (*)

Siempre he tenido una fijación por las cicatrices.

Cuando era adolescente recuerdo que me gustaba un chico y lo que más me atraía de él era una cicatriz que le partía la ceja izquierda en dos en una línea de piel delgada.

Las cicatrices me resultan una provocación muy fuerte a los sentidos.

Me he dado cuenta que al ver una cicatriz experimento una atracción intensa al objeto (la cicatriz) y algunas veces esto puede desembocar en una atracción hacia quien lleva la cicatriz (pero esto depende ya de otras cosas).

Siempre que veo una cicatriz, fijo la vista en ella y empiezo a imaginar los motivos. Luego imagino cuan intenso pudo ser el dolor. Imagino el tipo de dolor, el instrumento que causo la herida, la circunstancias. Imagino también la situación en el tiempo; las cicatrices se hacen con el tiempo y para mí eso es como ver que el tiempo se quedó en nuestra piel. Las cicatrices son la evolución de una herida difícil que sucedió a la par con golpes a los sentidos. Las cicatrices son marcas de calendario en la piel; son como tatuajes que se hacen sin querer y que nos sirven para recordar –inevitablemente- un momento de dolor (siempre dolor físico y quizás de otros tipos, pero dolor al fin y al cabo). Me gustan las cicatrices pues en ellas puedo tocar el tiempo y eso siempre me ha gustado. Ser capaz de ver el tiempo que se manifiesta en los objetos.

Algunas cicatrices en algunas personas son como grietas en las rocas. A veces es posible ver por debajo de esa piel tan delgada que las cubre y se pueden descubrir lo frágil que alguien puede ser.

Creo que todo el mundo tiene cicatrices. Eso lo veo como una muestra de saber que somos vulnerables. Yo tengo algunas cicatrices (algunas visibles, otras no).

Besar una cicatriz es como besar el corte vivo, besar la vulnerabilidad, el accidente o la batalla, besar una serie de sensaciones, es como besar el tiempo, besar el calendario, besar la historia que ahí se cicatrizó.

Y es besar también el final del dolor.

(*) Duele de placer tu cicatriz en mí. Gustavo Cerati

Sueño

cielo

Cuando la realidad es el hastío total y luego de tanto insomnio y luz finalmente consigues dormir, el sueño se convierte en un refugio.

purgatorio

Dentro del sueño uno nace nuevamente. Se está dentro de un laberinto. Luego ves el sol, bajas escaleras, te ves sentada a la orilla de una playa, fumas, usas gabardina y luego estás desnuda y llueve, escuchas voces, bebes riendo a carcajadas, cambias de piel, adivinas pensamientos, calculas tus movimientos y luego estás poseída, caes a abismos, miras fijamente y cortas, susurras, vuelas, sueñas que sueñas, caminas como un gato, lloras dentro de un taxi rojo, te ves en una cárcel donde hay una maceta con margaritas, ves cuervos, anotas cosas en las palmas de tus manos, nadas en un mar azul intenso, gritas no puedes correr, huyes, mueres y te ves muerta y luego naces otra vez y juegas y sueñas.

infierno

Pero si se sueña lo mismo que uno vive en la realidad pero de esa manera tan especial que tienen los sueños (como lo cuento antes) entonces es como estar atrapado. Se convierte todo en un mal círculo.




Pensamientos plastilina

Hoy día finalmente hizo tiempo de primavera.
Me senté sobre la hierba de un parque a esperar -como siempre- que pasara algo.
Y entonces -como siempre- algo sucedió.
De pronto el ruido de una cortadora de césped rompió el silencio.


Un muchacho como de mi edad apareció de pronto a cortar el pasto con un aparato que no había visto antes. No eran esas máquinas de cortar césped que uno tiene que ir empujando mientras camina. Esto era más interesante. Era un tubo en cuyo extremo había una hélice que iba cortando la hierba. El muchacho era un artista. Era como un peluquero del césped. Sostenía siempre la hélice a la misma altura y la deslizaba lentamente sobre el pasto.
El movimiento sobre la hierba era parejo y perfecto, como si él fuese parte de ese artefacto. Era como si levitara sobre la hierba.
Al final lo dejó todo parejo, como el pelo recién cortado de un soldado joven cuando ingresa a ejército.
Yo lo aplaudí y entonces él señaló a la cortadora y luego se inclinó con una mano sobre su vientre así como hacen los artistas del teatro antes de que caiga el telón.



Luego vino el segundo acto.



El mismo muchacho trajo un aparato parecido pero ahora llevaba a la espalda una especie de mochila. Era una aspiradora. En la mochila se recogía la hierba cortada. Observé al muchacho ir y venir de arriba abajo varias veces hasta que lo recogió todo y lo amontonó a un lado del parque envuelto en una malla.

Lo volví a aplaudir. Él hizo el mismo gesto de antes y desapareció.

Había, sin querer, presenciado una obra de teatro.

Entonces luego vino ese olor a hierba cortada que siempre me ha encantado.
Es un olor que está en todas partes cada vez que se corta el pasto. No me recuerda a ningún lugar en especial, sólo me da la sensación de verde, de hierba cortada, de algo fresco.
Me quedé un rato respirando profundamente como si me faltara el aire o como si me fuera a dar un ataque de algo.



Entonces se me debió haber hiper ventilado el cerebro porque empecé a pensar en muchas cosas.



La fotosíntesis


En esta época del año, con luz todo el día, las plantas viven en una actividad constante.
No descansan, les circula la savia por los vasos y las nervaduras todo el día.
Clorofila
Esas cosas.
Y yo siento también que últimamente la sangre me fluye violenta y ando en una actividad constante.
Y tengo insomnio rampante.


La vez pasada de estar tantas horas sin dormir sentí el cuero de la cabeza adormecido.
Pensaba en mi cabeza como en esos dibujos de los libros de anatomía que tanto me gustan.
Veía las venas y arterias y la sangre circulando a mil sin descanso mientras me cepillaba los dientes.
Y luego sentía como nubes, como el pensamiento nublado, como si tuviera un velo puesto en la mirada.
Y la sangre circulando a mil, clarísima y ligera.
Como si hiciera fotosíntesis, como las plantas.
De hecho metí la cabeza sobre un chorro de agua helada por unos minutos hasta que despareció esa niebla que todo lo rodeaba.
Cuando me secaba la cabeza sentía el peso exacto de cada una de las gotas de agua que me resbalaban por la piel y pensaba que era agua que salía de mis pensamientos agotados.
Tenía los pensamientos hecho jirones, tanto que se habían vuelto líquidos.
Pensaba y pensaba.
Pero ahora vuelvo al pasto y a la hierba en constante fotosíntesis e insomne.
Y pienso que ese olor que me gusta es el olor de sus vasos rotos y de la savia regada por todas partes.
Entonces imaginé -como en una animación en plastilina- que en algún planeta lejano y de luz eterna vivía un gigante verde (sí, como la marca de las latas que compro en el supermercado).
La hierba de su jardín eran miles de humanos insomnes. Así que cuando la hierba le crecía, con su cortadora los iba decapitando.
Una niña verde lo aplaudía.
Y luego se quedaban los dos aspirando el olor a sangre.

ojalá pudiese dibujar. quedaría más bonito en imágenes que en palabras.



Album de familia

A veces creo que venimos definidos a ser unos contreras (por lo menos en mi familia) desde el momento en que nacimos. Pero en eso algo tendrán que ver las mamás, que se fijan en el rasgo más marcado de uno y lo van repitiendo cada vez que cuentan como eras cuando eras chico.

"Hijito, cuando tu naciste eras rubio" (La mamá de Giovanni. Giovanni ahora parece un turco y de rubio nada)
"Hijita tu eras más chiquita que la muñeca esa pelona, sí, ahí están las fotos" (La mamá de Mariana. Mariana nació sietemesina y muy pequeñita; ahora es tremenda muchacha, toca el bajo y me gana en fuerza)
"Hijita, cuando tú naciste no lloraste" (Mi madre. ¿Y será por eso que me la pasé llorando todos los años que vinieron?).



bueno, no es verdad, es una exageración.
no me la paso llorando.
pero es cierto, sí, soy sensible y últimamente más. y peor cuando veo fotos así de antiguas y escucho a nick drake " When i was yougn younger than before..." y yo creo que lo que ando buscando es un place to be como dice la cancion.
-la foto parece del año de la raja, pero no es nunca para tanto. en ese año "every breath you take" de the police era un hit.
yo me acuerdo porque desde entonces me gustaba la canción (y quizás the police también)-
El tiempo lo cambia todo.

No hay excepciones, es como todo.

Incluso el amor y las memorias más intensas que éste deja, mutan.

A veces creo que quizás un día cualquiera en el futuro se me va a olvidar ese color azul intenso de sus ojos que me marcó la primera vez que te vi.

Seguramente pensaré que es un deja vu de cualquier otra cosa y en lugar de tu mirada, pensaré en el mar.

Tu mirada no existirá mas, atormentándome, y se volverá todo como la calma del Mediterráneo.

Azul del mar y no mirada azul.

Ese olor de hierba mojada a fresco, no será de ya más tuyo, sino de cualquier campo en el que un día cualquiera me tumbaré tranquila a mirar las nubes, o de algún campo en el que ya he estado hace mucho tiempo, quizás cuando fui niña.

Confundiré aquel gesto que tienes, cuando estiras la sonrisa quizás como un gesto mío y propio cuando me mire al espejo mientras me pinte los labios.

Confundiré en mi memoria el recuerdo de tus palabras con alguna ficción, la sensación del peso de tu cuerpo con el cansancio de alguna resaca. Confundiré tus manos en mi cuello con la sensación de una bufanda que perdí, confundiré tus besos con el recuerdo del vino, el calor de tu cuerpo con los veranos de mi adolescencia, confundiré los escalofríos, los temblores, los latidos de mi corazón acelerado y la sangre alborotada con mis enfermedades, mis virus, con mi fiebre esa que siempre vuelve.

Entonces quizás habrá llegado el olvido.

O tan sólo una transformación de la memoria.

Puede que entonces en un pestañeo de mi memoria, entre el azul del mar –el olvido de tu mirada azul- vea aquel límite entre el puño de tu camisa impecable y la piel de tu muñeca.

Entonces recordaría aquella cicatriz que descubrí antes en un día cualquiera.

Esa cicatriz que fue un día como una sorpresa.

El tamaño de la cicatriz, el por qué sin respuesta de la cicatriz, la textura de ésta en mi tacto.

Y seguramente como todo, con el tiempo y los borrones de la memoria- ahí donde uno guarda tantas cosas- todo se confundiría.

Se confundirían los matices de azul con el mar, las voces con el ruido de los pasos, las miradas con los abismos, el vértigo del deseo con los fondos de las copas. Se confundirían los olores a café, a sal, a hierba, a mañana; se confundirían los tiempos con serpientes deslizándose en el desierto, los gemidos con idiomas que no son el mío, el tacto de la piel con un temblor de tierra, se confundiría la inocencia con la malicia, la pasión con un corte y de ese mismo corte la sangre se confundiría con el vino y ese color del vino me recordaría a los números rojos de ese reloj, que ya entonces sería un reloj cualquiera, que marca una hora en la que seguramente deberé tomar un tren, atravesar una ciudad, trabajar, volver y así. La tristeza y la euforia se confundirían con las primaveras con tormentas y los inviernos brillantes y con sol. Se confundirían los aeropuertos y las salas de espera, las habitaciones de hospital con hoteles y laberintos, se confundirían los viajes con las estancias, las despedidas con las ganas de quedarse, se confundirían las risas con la niebla, los ascensores con las carreteras, las plazas con sus palomas y sus viejos se confundirían con los excesos. Se confundiría el desamor con los papeles en blanco, con matasellos, con sentencias y el amor se confundiría con todo esto, con un espiral, con una ciudad capital, palabras iluminadas, el amor se enredaría entre tantos objetos: libros, tabaco, vidrios, sábanas, pétalos, melodías, lluvia, trenes, bares.

Se confundiría todo o quizás se fundiría en la memoria como una sola cosa.

El recuerdo de una cicatriz.
Pienso en la oscuridad.
Pienso en aquellos días en que solía caminar de madrugada por la casa de un extremo a otro pensando. En el camino desde la puerta principal hasta la parte de atrás, el fondo de todo, a veces me detenía. Pasaba la mano sobre el estante como buscando que de pronto saltase un libro a mis manos y que se abriera solo y entonces encontraría una frase que guardaría para siempre.
Me detenía en el camino- a veces me servía un café- tocaba las hojas de este arbolito que cuando me mudé aquí lo encontré medio muerto y ahora esta vivo y parece que tiene empatía con mis estados de ánimo.
Miraba por la ventana, esperando ver algo que sucediera de pronto en medio de la oscuridad.
Me quedaba ahí y entonces veía amanecer.
Eso era un suceso, un cambio.
Veía el borde del sol asomarse como una cuchilla de cobre y de pronto iba cortando el cielo negro de terciopelo, lo iba rasgando con su luz anaranjada y lo iba ensangrentando todo.
Imaginaba que la noche, un telón de terciopelo negro inmenso yacía detrás de esa montaña: un terciopelo ensangrentado por el sol que lo había roto todo.
Veía el sol como un gran corazón brillante suspendido en lo blanco, en aquello que se escondía detrás del telón negro.
A veces pensaba en la luna, que también estaría manchada de sangre, una luna rosada.
Pensaba en la hostia, en eso de la sangre y el cuerpo de Cristo. Pink moon y Nick Drake.
La luna era una hostia manchada de sangre sobre un altar de terciopelo negro.
La noche quedaba atrás.
Pienso en esos días donde había oscuridad recuerdo los amaneceres y recuerdo la sensación que se queda en las pupilas cuando uno ve amanecer.
El sol se guarda en ellas.
En esta época de año echo de menos la oscuridad.
Ahora sigo esperando ver a ese manto negro llegar, pero no llega.
El sol está ahí como un perro guardián que va de este a oeste y lo veo andar.
El sol ladra insoportable, ladra sobre la primavera y los cardos, ladra en amarillo, ladra y no me deja dormir.
A veces baja la marcha pero aún así no llega la oscuridad.
Hay un color raro y pálido que me dice que es de noche.
Es como el color del cansancio.
Ese mismo cansancio reposa sobre mis párpados insomnes.
Y vuelvo a caminar de extremo a extremo en mi casa y sé que la oscuridad no va llegar.
Entonces me quedó en la cama y hago aquello que siempre hago cada vez que sé bien que eso que espero/quiero no va a llegar o no va suceder.
Lo invento.
Bajo una persiana negra como la noche y me quedo quieta. Cierro los ojos y la luz constante de estos días que se ha grabado en mis pupilas se refleja en la parte interna de mis párpados, blanca, como una luna.
Así, con mi noche falsa dentro de mi, intento dormir.

Ciegos

A veces tengo la sensación de que ya no me queda nada por escribir, por decir, por pensar de más.
Entonces permanezco quieta y en silencio.
Puede que haga otras cosas, pero a veces no soy consciente de ello.
Puede que lea, que beba, que hable con gente, que salga a la calle, que riegue las plantas, que abra y cierre persianas, que ajuste relojes, puede que me perfume, que camine, puede que sueñe.
Puede que haga miles de cosas pero en realidad no estoy ahí y entonces a pesar de todo lo que haga me queda la sensación de seguir estando quieta y en silencio.

Pero de pronto todo llega como un golpe y entonces soy conciente de cada cosa que hago, de cada palabra que escribo, de cada segundo que pasa, soy conciente de todo lo que veo, experimento, hago, digo escribo, tomo o dejo.

Ayer venía conduciendo por la carretera principal de esta pequeña ciudad en donde vivo.
Durante los 15 minutos en auto que separan al centro de mi casa en el camino vi muchas cosas: un arco iris, un auto muy antiguo que eso aquí es raro, vi a dos personas que conozco que conducían en dirección contraria a mí (este pueblo es pequeño, uno se encuentra gente en la carretera), vi a un niño cruzar la pista y él también me miró, vi al chofer de bus el que parece que siempre está de mala gana, vi un árbol que florecía, el cementerio lleno de pasto verde y cardos amarillos, de vez en cuando vi lluvia y vi a un ciego.

Ese ciego.
De hecho lo he visto varias veces.
Parece que anduviera por todas partes (pero bueno, debe ser porque como ya lo he dicho, esto es una ciudad pequeña).
Es un hombre bajito, un poco gordo, con una barba rala y siempre anda con un perro que es su lazarillo.
Yo a veces creo que ese ciego puede ver.
Aún así tenga los ojos grises y los tenga cerrados todo el tiempo, especialmente hoy que lo vi sentí que él también me vio.
Lo observé por un buen rato mientras caminaba. Sus pasos eran firmes y los movimientos de su bastón tenían como una frecuencia perfecta de un lado a otro.
Ese ciego siempre anda solo.
El perro es su única compañía. Es un perro gris del mismo color de sus ojos, grande, peludo. Un perro que no parece ni manso ni bravo, parece un perro dibujado, un perro que nació para ser lazarillo.
Hoy de pronto el ciego se paró delante de mí y se quedo un momento quieto.
Lo vi bien y me impresionó algo en él que no se explicar bien que fue.
Quizás fue que lo vi todo. Vi que ese hombre estaba muy solo y su perro era un perro dibujado. El perro se quedo quieto sentado y mirando de frente mientras el ciego estaba de pie a un lado, como en una foto.
Yo sentí que él también me vio ahí dentro del auto sentí que lo veía todo: el arco iris, la carretera, los cardos, el cementerio…
Fue como si todo se detuviera en ese momento.
Quizás el ciego se llevo la misma impresión de mí que yo me lleve de él.
Quizás mi auto estaba dibujado, o quizás yo misma era un dibujo.
El siguió su camino y seguí la marcha por la carretera.
Pensé entonces que yo era un dibujo animado y que realmente no era yo ni mi auto lo que avanzaba, sino el fondo. Pensé que ambos éramos los únicos que lo podíamos ver todo.
Y estábamos ahí quietos mientras todo lo demás se movía.