Las madrugadas de primavera pueden ser a veces terriblemente tristes.

Es un resplandor que corta.
El color plateado de las calles húmedas de rocío.
El gris asociado a la tristeza: aun más intenso y brillante: plateado.
Las sábanas más blancas, la habitación que luce más grande por el efecto de tanta luz.

Vacío.

A veces el vacío no es oscuro, sino es brillante y blanco como el sol del amanecer en la primavera.
Es terrible ver a mariposas revoloteando en parejas, a pájaros raros, coloridos, cortejándose aquí y allá en las ramas de los árboles que están siempre rodeándome, mientras yo las observo con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Margaritas malditas por todas partes, cada pétalo segundo de ellas significa desamor (para alguien).
El mar quieto, azul y profundo es triste, no se me ocurre otro adjetivo y así con casi todo.

La primavera hace todo más brillante, amplio, grande, intenso, incluso la tristeza.

volvere cuando mejore el clima y me desintoxique

El pavo pagó pato

no hay truco en esta foto. la tomé en la navidad pasada cuando estuve en lima. se ve la silueta de un pato que se formó espontáneamente mientras dentro se cocinaba un pavo (sn fernando y lo hice yo y doy fe que era un auténtico pavote) .
cosas de la dimensión desconocida.
(y en esa fiesta de navidad, en la playa, alguien de la familia afirmó haber visto un ovni sobrevolando el mar ¿alguien más lo vio?)
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Teoría # 427 Cuando uno esta a punto de dormirse piensa en tonterías y también al mismo tiempo en cosas serias

Ayer con los ojos cerrados metida en la cama y muy cerca de llegar a la fase REM, pensaba en mi gorro rojo de látex speedo, ese que usaba para ir a la piscina (y la cosa seria en que pensaba es en una amiga que tengo en Perú que es de mi edad que no sabe nadar y aquí que hay tanta agua, y si la invitase a la playa entonces ella de la emoción de la naturaleza, de estar aquí y de que no nos hemos visto desde el colegio casi, pues se tiraría al agua – y yo con ella- y se empezaría a ahogar, por supuesto yo la salvaría, pero el pelo, que me crece tan rápido a veces me molestaría en los ojos y volví al pensamiento de mi gorro rojo speedo).

Hoy muy temprano luego del tomar el café revolví toda la casa buscando el bendito gorro rojo.

Como hace tiempo que no voy a nadar –debería volver cuanto antes- tuve que revisar entre las mochilas viejas que nunca vacío, entonces encontré billetes de metro de hace cuatro años, encontré un plano de una ciudad que dejé hace tres, encontré una cinta música... (sí yo di el salto inmenso del walkman al reproductor de mp3 sin pasar por discman)
Entonces me puse a pensar en el metro, en dónde andará mi walkman y a echar todo de menos.

Hoy una tormenta me ha despertado en mi fase REM y no se me ha ocurrido mejor cosa que escribir todo esto.

Estoy en pijama y tengo los ojos rojos (como mi pijama).

Cuando me despierto en el sueño REM me acuerdo de lo que he soñado. Mis sueños son como películas (malas) que empiezan con una publicidad (mala) igual que en el cine.

En esa publicidad salgo yo siempre, cayéndome, tropezándome, dando un mal paso.
(según los que han dormido conmigo, me han dicho siempre que el cuerpo me salta ligeramente antes de quedarme profundamente dormida)

Bueno hoy la mala publicidad era que tropezaba en esas rayas de las aceras, en Lima, y caía sobre mi rodilla justo sobre la raya. “el que pisa raya pierde” a mí eso se me quedó y se me hizo casi manía como a Jack Nicholson en “As good as it gets” (puede que en el fondo imite a Jack Nicholson, pues me gusta)

Luego vino un sueño: un escorpión pequeñito me picaba en el cuello.

Antes de mi sueño REM pensaba en una historia que me contó mi madre, una vez cuando yo era muy chica me dijo que ella y mi padre estaban sentados en un banco de un parte y de pronto un escorpión cayó de un árbol sobre la falda de lino de ella. Mi padre, según ella, sacó al escorpión con un solo movimiento seco y rápido deslizando el filo de su mano sobre la falda de mi madre como una espátula. (Imagino que la falda de mi madre se encontraba tensa y era casi una superficie plana y dura sobre sus piernas, pues es así como se ponen las faldas de las mujeres guapas cuando se sientan en los bancos de los parques).

Entonces pensé en mi padre y que quizás algún día le escribiré y pensé en como iba a empezar la carta (esto es la cosa seria previa al sueño REM) y luego pensé en que por qué no hay escorpiones aquí, por qué no hay cucarachas y por qué no hay tampoco pulgas (aquí la cosa tonta, pues sé bien que es por el frío). De haberlos a lo mejor les podría contar la historia del escorpión a mis hijos un día cuando ellos tengan 4 o 5 años.

Pero como no los hay probablemente les cuente mi teroría de que previo al sueño REM uno piensa siempre en una tontería y en una cosa seria.

Trataré de volver a dormir.

(No encontré mi gorro speedo)

Dios y el chicle

Cuando en una conversación escucho “Dios no existe” me pongo de mal humor.

Fuera de todo lo religioso, filosófico o científico que este debate pueda envolver, a mí me molesta esta postura pues es como hacer una cruz sobre algo.

Algo menos sobre lo que uno pueda pensar en un día cualquiera mirando las nubes tumbada en el prado.

No existe, entonces tampoco puedo escribir sobre él (y luego mi encabezado no tendría sentido)

Es como la gente que dice que el sabor del chicle de fresa, es sólo sabor de chicle de fresa, mas no fresa en sí, nunca usaron fresas para hacer chicle de fresa.

Y a mí que me gusta imaginar que en una fabrica de chicle hay una máquina inmensa que va triturando y haciendo puré, fresas que han recogido inmigrantes (como una vez lo hice yo) y los veo, les veo las manos teñidas de rojo escogiéndolas; algunas van para mermelada, pero las que van para chicle tienen que ser más agrias, entonces hay un experto en fresas con bata blanca que se sienta y se come tantas fresas que su piel se le ha vuelto rosada, luego imagino que el chicle lo estiran entre varios obreros y otros van tirando el jarabe de fresa sobre ese látex y es casi divertido trabajar en una fábrica de chicles, menos en la parte donde los envuelven, pues ahí trabajan unas señoras solteras que visten gafas y suéter de botones color café.

Entonces cuando pienso en lo que dicen, que la fresa en el chicle no existe sino la esencia de fresa me pasa esto: en lugar de imaginarme todo lo que he escrito en el párrafo anterior, me imagino sólo a un hombre pequeño, con gafas y ojos achinados, que viste una bata blanca, camina por un corredor vacío y silencioso llevando en la mano izquierda una botellita roja de esencia de fresa.

Llega a la fábrica, tira una gotita sobre la inmensa masa de chicle, me da una sonrisa tonta y desaparece.

Y ahí se acaba todo el cuento.

(y entonces, en lugar de imaginarme la creación del mundo como se la imaginó miguel angel en la capilla sixtina y la pintó, me imagino que todo salió de la botellita de esencia de fresa y el techo de la capilla sixtina se vuelve entonces como aquella imagen de warhol y su sopa de tomate)

Nasjonaldagen, Heia Norge

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Ayer fue el día nacional de Noruega.

A mí todos estos días en general festivos y grandes (Navidad, 1 de enero, semana santa, días nacionales) me parecen unos días que son inventados, como las ficciones que a veces escribo.

Es como si el papel tapiz de la normalidad, del día a día se rasgase y en ese papel desgarrado pudiésemos ver a miles celebrando o haciendo cosas distintas a las que se hacen los demás días.

Fue casi una ficción que me sentara a esa mesa, comiese salmón, tuviese una escarapela y hablase noruego.

Definitivamente no era yo, era aquella otra, la que es más ordenada.
Entonces le dije que agitara una banderita y que me esperase un momento.

Feria

Yo me fui a una feria, a un mercado de pulgas que es un lugar donde sí soy yo.

Eso también es casi una ficción aquí en Noruega, pero sucede cada 17 de mayo.

Yo era lo único real en la feria.

Me compré un anillo que cambia de color según tu estado de ánimo.

Me lo puse y el color no estaba definido.

Según la cartilla que venía con la sortija mi estado de ánimo era “vulnerable”.

Como si fuera novedad, pensé.

Escarapela pendiente

Volví a la mesa y pensé en la palabra “escarapela” y recordaba esa frase “se me escarapela el cuerpo”. Entonces la piel se me puso de gallina cuando pensé en aquella la palabra, en el alfiler de la escarapela que tenía en la solapa que de pronto me atravesaba la piel y me la hacía tiras de colores.

Pensé que uno debe tener la piel color salmón por debajo.

Como el salmón ahumado de esa fuente que allí había.

Me miré la sortija y estaba de un color azul intenso. Eso significaba “party mood”. Entonces tomé una copa de vino blanco y dije “skål”.

Una mujer se me acercó y me dijo “llevas unos pendientes muy bonitos”.

Pendientes.

Ella era de España: su mirada, su acento, su caminar era de allí.

Ella también debería ser otra invención, pues estaba enfrascada en un traje nacional noruego.

Pendientes, pensé en un segundo en esta frase “pendientes son los asuntos que tengo en todas partes y desde hace un tiempo… pendientes, lo que llevo en las orejas y no en los dientes”

Aretes.

Le dije “gracias” una sonrisa ligera un ademán con la copa.

Intercambié algunas palabras, y me miré la sortija, estaba de color violeta y saqué la cartilla de color y decía “talkative”. Entonces pasé a contarle la historia que siempre cuento, viví aquí, allá, hice esto y aquello y un día cruce la línea del circulo polar.

Más allá del círculo polar ártico

Y aquí estoy.

Esa historia, la he contado mil veces. A veces me cansa, a veces me encanta contarla pues la revivo. A veces la cambio si me aburro, cuento más o cuento menos.

Pero siempre es cierta.

Una noche pensé grabarla en aquella grabadora que me regaló mi madre cuando cumplí 18 años, así ya no la tendría que repetir. Esa grabadora es bonita, cabe en mi bolsillo, esa vez mi madre me despertó y me dijo “para que no se te olvide nada antes de ponerlo al papel”

La usé varias veces, cuando no quería olvidar.

Ahora se me olvida que usa unas baterías especiales, se me olvida todo.

Grabar la historia, sí, y llevarla a las fiestas donde conozco gente nueva, predecible, normal. Ni mala ni buena, sólo así. Gente con personalidad “inicio de fiesta”.

De pronto sentí cierta nostalgia y vi que la sortija estaba de un color anaranjado y eso significaba “melancholy”.

Sí.

La grabadora, la historia de la línea polar, el acento de España, mi madre, sí, melaconlía.

La mujer se fue, su personalidad “inicio de fiesta” no cambió (ni la mía tampoco).

Locos

Yo recordé un texto que leí hace poco:
The only people for me are the mad ones, the ones mad to live, mad to talk, mad to be saved, desirous of everything at the same time, the ones who never yawn or say a commonplace thing...

A veces tengo ganas tan locas de vivir, de conversar con la gente, de escribir, de festejar, a veces sí… muchas veces y me gusta la gente así, de hecho he conocido muchos que pasan de la personalidad “inicio de fiesta”.

Otras simplemente hago preguntas esperando que quizás los otros también tengan alguna historia grabada en un casete, una historia que espero oír, pero que quizás también pueda escuchar al revés –como mi historia- y enterarme de que dos no es igual que uno más uno.

Me miré el anillo y estaba de color marrón.

Eso significaba “confussed”.

Y como no iba a serlo.

Pobre sortija confundida en mi dedo anular.

Me la quité, también por bien de mi salud, pues me dio la impresión de que la sortija decidía mi personalidad, me conocía demasiado bien y quizás hasta me predecía el futuro.

Es cierto que a veces me planteo que es lo que debería y lo que no debería escribir.

No me planteo el lugar, es decir no me refiero al escribir aquí, o en mi libreta de notas; no me refiero a mostrar o ocultar o dejar algunas palabras al descubierto. No, no es eso; supongo que ya sabes a lo que me refiero con escribir.

Escribir sin más revés, así de simple, como siempre lo he hecho.

Es casi una cuestión de ritmo.

O quizás esté tratando de contarte sobre que temas debería escribir.

No lo sé últimamente, no lo sé.

Sólo tengo un desgano constante que disfrazo con una actividad intensa.

Actividad intensa por inercia.

Temas.

Pero a mí nunca me gusto usar la palabra tema, pues eso lo encuadra a uno.

Tema.

Me recuerda al colegio cuando nos decían “tema 1, capítulo tres, subrayen con rojo”

Yo nunca tuve tinta roja entre los lápices de mi estuche.

Creo que durante mi infancia consideraban que la tinta roja era agresiva.

Yo usaba un lapicero verde.

¿Te das cuenta de lo que quiero decir cuándo pienso en que es lo que debería escribir?

Es como todo esto que aquí te cuento, como las cosas de mi infancia, como las páginas de mi diario.


Es cierto, cada palabra, pero cuando lo veo aquí delante de mí ya no me la creo.

Lo dejo ir, se vuelve ficción.

No tiene mucho sentido. Por eso me pregunto a veces sobre lo de escribir estas cosas.

A veces creo que puedo escribir mil páginas de lo que pasó en un segundo.

Escribir la sensación de un pestañeo, describir mis venas y la sangre que corre como se ve en los libros de anatomía, podría escribir también sobre un punto que hay en el techo de mi habitación y a veces se convierte en todo lo que me rodea.

Escribir sobre partículas, puntos, arena, escribir sobre esquirlas.

No sé bien.


Hoy por ejemplo, esta misma tarde, me encontré sentada en un pub sola.

Digo me encontré pues en ese pub había un espejo, muy viejo, como agrietado, entonces cuando me vi allí, dejé de ser yo y pasé de ser esa chica de camiseta roja (como la tinta que no tenía en la infancia) sentada allí.

Entonces yo me veía en el espejo y actuaba de una manera y era como esto que escribo, era un personaje.

Me encontré con esa chica de camiseta roja.

Me pedí una cerveza, pues así me vi por un instante en el espejo, bebiendo cerveza, pero ya sabes que a mí me gusta más el vino.

Cuando llegó la cerveza a mis manos y me vi en el espejo fue entonces la única realidad que existía y yo lo dirigía todo. Todo lo que sucedía a mi alrededor a través de ese espejo.

Tenía la sensación de que si me giraba, me convertiría en estatua de sal o lo vería todo negro, caería a un abismo.

Así que seguí metida en el espejo, huyendo de Sodoma y Gomorra.

La Biblia y el gua tranformada en vino, el milagro del pan y los peces, clavos, la sed de Cristo y vinagre.

Mi sed.


Bebía a sorbos grandes, hinchaba las mejillas y dejaba que la cerveza pasara por la estrechez de mi garganta, ese nudo que yo sé bien como hacer.

Es un nudo como de angustia, ese nudo que he aprendido hacer como los marineros, partiendo de esa sensación que yo conozco bastante bien: angustia.

Miraba el vaso inmenso, una pinta de cerveza, mi mano pequeña, casi de infante, no alcanzaba a rodearlo.

Lo sostuve con las dos manos y entonces abrí la garganta, rompí el nudo en un solo movimiento y di dos sorbos muy grandes, hasta un poco ruidosos, masculinos.

Sentí que el alcohol entraba en mis venas, sentí también el frío del líquido meterse dentro de mí, la espuma de la cerveza reventaba como olas contra las paredes de mi tracto.

Yo seguía ahí, ya se me había olvidado a que había venido.

Era sólo el espejo y lo que sucedía ahí lo que era real.

Y el tracto, la sensación fría que ya llegaba a la boca de estómago.

De pronto se me dio por meter un dedo al vaso, humedecerlo y deslizarlo por el borde de aquella mesa vieja de madera.

Deslizaba el dedo por los filos de la madera, imaginaba que antes fue un roble inmenso, que alguna vez creció en algún bosque seguramente escandinavo.


Escandinavo, sí, de aquí.

Esto es el norte del norte y a ratos veía el letrero luminoso “irish pub” mi cerveza un poco colorada, gruesa, Irlanda. Norte igual, al fin y al cabo.

Y yo volvía al galope a Escandinavia. Olor a hierba. Valkirias y Wagner.


Escandinavia recorrida por mi dedo, los fiordos, iba y venía por sus contornos en mi tacto húmedo de alcohol que esparcía sobre la madera.

Alcohol, madera, whisky.

Hasta que de pronto algo me mordió.

Un duende, un hobbit, alguna de esas criaturas de algún bosque de robles, de abetos.

Una astilla de madera me cortó. La mesa se rajó un poco y pude en la grieta que dejó la astilla que tenía un poco de carcoma.

Eso se mezcló con mi sangre, unas cuantas gotas.

Carcoma.

Pensé que me carcomía, fueron dos segundos que me vi de madera, me imaginé que al tacto de unas manos como las mías me deshacía en pedazos.

Deshecha de deseo. Una cama revuelta, carcoma, amantes, prisas como la de las termitas al comerse la madera.

Al siguiente pestañeo, disimuladamente levanté la mano y me miré al espejo, y vi que el color de mi sangre reflejada ahí era de cobre.


Al levantar la vista, al ver mi sangre cobre brillante, vi también detrás de mí a alguien que me observaba.

Era a quien yo esperaba.

Entonces me giré y ya dejé de ver el espejo.

Caminé con cierto temblor, me volvía estatua de sal, todo se acababa.

Escondí mi dedo con sangre…con la otra mano abrí el portafolio, le mostré los documentos, él también bebía una cerveza.

No me había dado cuenta de cuando él llegó.

Pero él lo había visto todo.

Entonces me pidió que le mostrase la mano que ocultaba, la mano del dedo cortado.

Con un gesto me dijo que mirara al espejo.

Entonces ahí nos vimos los dos. El metía mi dedo en su cerveza colorada y lo deslizaba nuevamente por la mesa, la herida se volvió a abrir.

Todo se volvió ficción.

Él y yo y todo el resto en ese espejo.

Por eso me preguntaba, si debería escribir sobre lo que me pasó esta tarde.

Pues no se bien sobre que escribir.

Entonces escribo esto por que sí.


Una mínima parte de lo que fue ese juego rítmico de dos extraños en un espejo.

Ficción.

p. 77

era curioso observarlo todo en ese lugar tan básico, común y plano pero aún así distinto.

pierde uno a veces la noción del tiempo y de las horas.

por la ventana se filtraba un resplandor, que podía haer sido de amanecer, de anochecer, de tarde o de cualquier otro tiempo.

era una luz celeste sobre las cortinas blancas.

pero yo sabía que era un resplandor de punto final, de término, o de inicio de otra cosa.
estaba amaneciendo, el olor a pan, a café... eso también recuerdo y eso me recordaba aquella hora que yo no quería saber.

cerraba los ojos y veía las luces de la calle silenciosa que estaba ahí afuera.

veía los trenes moviéndose, los autos circulando por las carreteras, veía en los rincones esa hierba que crece en las esquinas de las ciudades, veía esa hierba que nace dentro del asfalto, la
veía verde y estoíca ante los miles de pasos perdidos y violentos.

veía las caras de la gente y me veía yo (y tú) ahí, en silencio, caminando entre tantos, casi a empujones en contra de toda esa gente que venían todas en sentido contrario, como ese video de the verve "bitter sweet symphony"

así también lo era todo, dulce y amargo.

podía ver hasta el silencio. la penumbra sobre nuestras expresiones, una penunbra gris azulada dado que la luz era celeste, dado que tus ojos eran azules.

la tele estaba prendida, las noticias a ratos nos deprimían.

a ratos eran contrastes de nuestra felicidad intensa.

yo descubrí que tenía una debilidad, y es curioso que partiendo de esa misma debilidad uno se plantea construir templos.

supongo que es eso, que los templos son de roca, pero estan sostenidos en cosas intangibles, inmateriales.

yo esperaba que esa mañana lloviese.

esperaba entonces abrir esa cortinas que nunca abrí para ver esa ciudad ciudad empapada, resbalosa, húmeda, esperaba ver gotas de lluvia sobre la ventana, sobre la gente, sobre las luces de yodo y volviéndose arcoirises anaranjados, yo quería ver esa ciudad distimta, esa ciudad que veía en tus ojos, en tu acento, esa ciudad por la que caminé por horas esa vez y alguna otra vez por días, pero de la que no guardo ningun recuerdo de postal salvo todo esto que escribo aquí.

esa ciudad me causa un escalofrío intenso cuando alguien pronuncia su nombre.

esa mañana no llovió.

hizo más bien un frío seco, de pronto salió un sol raro, blanco.

tenía en mi bolsillo uno de esos folletos de publicidad de bares. lo manoseaba dentro de mi bolsillo a ratos para calmar mi ansiedad.

la ansiedad que traen las mañanas (por eso bebe la gente café) con sus trenes que se lo llevan todo, la ansiedad de los aeropuertos, de las distancias, las aduanas, los aviones, a ansiedad de las resacas de vino, de las carencias, la de las canciones precisas, la ansiedad de los vacíos, de la soledad, la ansiedad de cremalleras que contenían y daban forma a un cuerpo deshecho en deseo, la ansiedad de mi chaqueta grande que ocultaba casi con pudor una tristeza intensa.
la ansiedad de que no llovía.

lloré un poco y seguro se notó pues la lluvia nunca llegó a salvarme.

conservo aquel folleto manoseado, conservo esa ansiedad de entonces pues vuelve a ratos.
tengo también la sensación de fortaleza de que podría construir un templo yo misma.

pero a veces no sucede.

sigo buscando piedras, puede que intente construir un templo con ellas...

y las pruebo; las empuño en las manos y no se vuelven nunca blandas.

las arrojo a veces al mar con rabia.

o camino sobre ellas y me doy cuenta que son firmes.

que sostienen mis pasos que tanto varían.

un templo o un refugio, no sé bien, no sé si será lo mismo.

es curioso que a veces los secretos mejores guardados, así sin reveses y sin planes, sean nuestras metas vitales ( y secretas).
Me sorprenden los que dicen que no tienen secretos.

Algunos lo dicen así, como una muestra de honestidad, pero yo no sé si creerles.

Yo tengo secretos y muchos.

Van flotando en el aire, partículas invisibles para el resto, pero yo las reconozco.

Los tengo inventariados.

Algunas letras para mi encierran un secreto, son un código.

Algunos colores, una nota musical, una textura, algún perfume, algunos objetos, algún lugar, algunas imágenes.

Mis secretos son guiños que se han quedado por los lugares en los que he estado.

Y todos mis secretos están ahí a vista de todos.

En la pagina 77 de el séptimo libro de algún estante.

Algunos de mis secretos están escondidos en mis fotografías, quizás se ven a veces, como cuando buscamos a Wally en medio de la multitud.

Mis secretos a veces están escritos en las suelas de mis zapatos o guardados en los bolsillos pequeñitos de mis pantalones de mezclilla o detrás de algún cuadro.

Mis secretos son así.

A veces los escondo en la superficie, los dejo sobre la mesa, junto al cada día, en los restos de vino de mis vasos, en la miga de pan, a los pies de la cama muy cerca de una alfombrilla azul, camuflados entre ropa sucia que nunca se lavará.

Mis secretos reales a veces están escondidos en mis ficciones.

Y ahí es donde mejor se guardan. Delante de mí.