Ultimamente no he escrito casi nada.
No sé si es que se me están acabando las palabras o será sólo la astenia que trae la primavera.
(quizas es tristeza)
A lo mejor es que ha llegado demasiada luz de golpe.
No tengo ganas de nada y se me está acumulando todo.
Los papeles, los cacharros, el polen, las obligaciones(algunas tengo), la tinta, las ideas, las imágenes, el deseo y los desganos, las horas, los nudos, las lágrimas y las risas, los pasos, el aire, la sangre.
Todo así de golpe, de a montón, de porrazo.
A veces no se puede con tanto.
A veces es casi como estar enfermo de un virus que no existe y no tiene cura. Un virus que todos hemos padecido alguna vez, pero que no sabemos bien como explicarlo al médico al farmaceútico.
Para algunos este virus les ha resultado mortal.
Tipo B
Una vez me llevaron al médico pues tenía ojeras.
Me preguntaron cosas, llené unos cuestioanrios, hice dibujitos y me pusieron un diapazón en la frente y me preguntaron que sentía. Yo dije que una vibración pues eso era lo que debía decir, pero yo lo que sentía era el frío del metal rozándome la frente, una nota en espiral intensa e infinita que se deslizaba por mi médula mientras me perdía en lo blanco del delantal del médico.
Luego me dijeron que era una persona tipo B, no lo tomé muy bien. No sabía bien que era ser del tipo B, pero seguro -pensé- era mejor ser A.
Luego me explicaron que las personas del tipo B son aquellas que se desenvuelven mejor (funcionan mejor) de noche, pues la luz del sol y la de la luna influye en ellos de distintas maneras.
- Ah, bueno- repliqué cuando me lo explicaron.
Entonces trataron de hacerme persona tipo A. Que no sé si es mejor o peor, pero parece que a esas, a las tipo A, no les hacen tantas preguntas en las entrevistas de trabajo.
B+
Pero bueno, yo sigo siendo B.
Pero con tanta luz a las personas del tipo B no les queda mucho que hacer.
Será por eso que me la paso mirando al techo en blanco.
Mirando las nubes que esconden dragones y dinosaurios.
Caminando en vano.
Repitiéndome palabras en la mente para no olvidarlas pero luego las olvido.
Perdiéndome en lo oscuro de mis ojeras.
Contando los autos rojos, midiendo el tiempo entre las luces de los semáforos, tomando nota de lo absurdo, inventariando lo imaginado.
Me la paso en cualquier parte, menos conmigo.
Por eso no escribo.
Eco
A veces lo echo de menos, como quien echa de menos el estar acompañado de algo. Como el naufrago solitario que echaría de menos su propio eco en una isla que nadie recuerda.
Quizás también es que echo de menos el tacto del papel y el olor de la tinta y la sensación que me queda cuando termino de escribir algo.
Pero a veces es sólo como que no me acuerdo de que sé escribir y lo veo todo blanco.
Como era este pedazo de cartón antes de que me atreviese a ensuciarlo.
La pintura sería perfecta (para mí) si pudiese escuchar a los colores gritar o susurrar, como cuando escribo y escucho a la tinta vertida en forma de palabras.
La escritura es como un círculo vicioso. Es un vicio que me deja y que lo dejo.
Pero no me ha sucedido con la pintura. Solo disfruté oliendo la témpera, ensuciándome un poco las manos (me gusta ensuciarme) y deslizando el pelo del pincel sobre la cartulina.
Me entretuve. Puse la mente en colores y en blanco.
Eso por ahora, ya es bastante.
