FINAL

No suelo pensar en el colegio, pero por estos días he recordado que cuando terminé el colegio, ese último día de clase, rompí mi blusa blanca. La rompí del costado, desgarré con mis manos esa blusa pintada entonces con palabras que olvidé en pocos días, el típico “nunca cambies” repetido en distintas caligrafías de colores, como un sedante invitándote al marasmo de la adultez que se venía y yo rompiendo la blusa y al mes siguiente siendo otra, sin uniforme, con otras maneras, y haciendo otras cosas, con el final que yo misma había desgarrado con mis propias manos para no volver a eso.

Los finales, para mí, son una ruptura, un golpe, un portazo, una explosión o una puñalada. No hay final en la señal del pañuelito blanco agitándose en la estación antes de la partida del tren si antes no hubo violencia.
Después del colegio, los finales se me hicieron necesarios y se repetían vestidos de distintas maneras en los años que siguieron: hubo finales que fueron filas de puertas cerradas, finales esparcidos en el aire que cruzaban océanos, hubo finales de hogueras en silencio donde todo lo pasado ardía, hubo finales formales con firmas, matasellos, finales que han costado y que he pagado, hubo finales tan simples como hacer una maleta, bajar escaleras y cerrar una puerta, hubo finales densos que se estiraron como sombras sobre mis días y luego se volvieron aire, hubo finales en miradas que no volví a ver, hubo finales en seco y de una sola palabra, hubo finales cobardes que llegaron en silencio a quitarme el sueño y a dolerme con un golpe de realidad en las entrañas, hubo finales sin juicio final ni fin del mundo, sin infierno ni cielo, ni justos ni pecadores y también hubo finales que aparecieron mientras amanecía y yo caminaba a solas por una ciudad ajena doblando una esquina, silbando y sabiendo que ya no volvería a pisar la calle recorrida nunca más.

Desde hace ya algunos meses decidí finalizar este blog. Más de una noche sin dormir estuve tentada a presionar el botón “delete blog” pero planear el final, yo que he tenido varios, es algo que –me he puesto a pensar- siempre me toma tiempo y quizá es algo que disfruto, (planear el crímen perfecto, sí, todos tenemos algo de crueldad) porque el mismo final es como construir algo al galope, algo así como lo son ahora estás líneas que aquí escribo, como una montaña de tantas cosas que se van acumulando para ser derribadas en segundos con la violencia de un portazo, de un empujón, de la ráfaga del libro cerrado o con la sutileza del segundo del susurro de un “click” en un detonador que explota.

El final es siempre un segundo. Lo de antes y lo de después no importa en ese segundo del estallido de la bomba.

Durante tres años estuvo el personaje que me acompañó en tantas madrugadas a escribir. Ella me despertaba y me decía cosas al oído y yo las escribía, o a veces era yo quién le decía cosas a ella y ella las escribía y hasta me las arreglaba.

Ahora, ambas hemos pensado en separarnos y para acabar bien, como amigas que somos, yo para no matarla de golpe, la dejé en Lima en un librito rosado del cual me despedí hace meses en una feria del libro en Lima, además le regalé a mi gato.

Ella, mucho más generosa e inteligente me dio el regalo de conocerte a ti que has cambiado el orden de mis días y más. Además, ella me enseñó mucho sobre el atrevimiento y sacó mi lado más naiv cuando me dejaba con sus lápices de colores. También me hizo pasar momentos muy divertidos en esos lugares a los que volví y que alguna vez los creí cerrados a mí, cuando ella me llevó de la mano y hasta me prestó su ropa y su soltura para conocer a algunas personas que con el tiempo se conviertieron en gente que aprecio, y como siempre, ella se quedó conmigo para acompañarme en todo este tiempo de textos escritos, tiempo que disfruté mucho mientras duró, aunque ahora, ni yo ni ella volvamos a esto, ni a releer o a decir algo sobre lo que aquí hemos dejado.

Me da un poco de tristeza ahora que ella ya se ha ido, hoy que escribo yo y ya no ella y me ha dedicado una canción que me ha dicho que la pegue aquí y que la comparta también con ustedes con todos estos textos que en algunos días desaparecerán.




A mí no me queda ya nada más que decir, tan solo dos últimas palabras que quizá parezcan poco, pero que dicen mucho, palabras mías que se las dejo a todos ustedes que siempre estuvieron allí leyendo: MUCHAS GRACIAS.