me hubiese gustado entrar ayer a ese examen con una cabeza de león (esa misma) puesta sobre la mía. una cabeza de látex y pelos sintéticos brillantes, como aquellas que venden en la tienda de bromas y disfraces. sentarme, cruzar las piernas y hablar, con mi cabeza de león puesta, sobre todo lo leído. sentir que cada una de mis palabras se convierten en nada más que aliento que se condensa en humedad contra mi piel, palabras que se evaporan, y sentir como mi voz ahogada explica conceptos que rebotan contra mi cara, mi voz debajo del agua, respirando el mismo aire contaminado que sale de mí, el co2 y no importa, todo esto para qué, diría y mi voz vibraría debajo del látex, con mi mayor respeto, señores del jurado, para qué saber tanto, y eso que tanto es nada, si un día nos vamos a morir y en la agonía la gente solo recuerda los olores de su infancia, para eso no hay que ir a la escuela, a lo mucho, escribir en algunos cuadernos, ni para eso, ni para recordar el tacto de alguien o la luz de una mañana viva, habrá que tomar algunas fotos, quizá, además, yo por lo menos, a veces quiero andar por el mundo con mi cabeza de león puesta, que nadie me diga nada, subir al autobús con mi cabeza de león y escoger los tomates más firmes del supermercado con mi cabeza de león, pagar las facturas y jugar a las damas con mi cabeza de león, comer a través de las mandíbulas plásticas de león, y llorar toda una tarde, dejar que las lágrimas corran, con una expresión de furia y de fauces abiertas, la fragilidad debajo peinada en la melena del rey de la selva, y también, claro, sí, de vez en cuando, por qué no, me es grato dirigirme a usted y rugir despacito, aunque sea bajito, rugir, rugir, varias veces, con la jungla de los días delante, con la selva que uno gobierna dentro, la garganta se me quiebra, rugir y luego la siesta.
(hace no mucho quería ser gato, también ahora, pero no es lo mismo que querer llevar puesta una cabeza de león, no es igual ni parecido)
desde esta mañana las horas pasan más despacio. en las clases de física, recuerdo, hace mucho, en el colegio, hablaban del tiempo relacionado directamente al movimiento de la materia. debe ser por eso que ahora que está todo quieto, los días se estiran hasta el infinito. no sé si me gusta, pero es lo que hay. cosas de la entropía cotidiana.
(no me preguntes qué es entropia, solo lo puedo explicar cara a cara)
diciembre es un mes quieto en infinito donde pasan cosas raras. aquí en la universidad se les da por abrazar, regalarte artefactos envueltos en papeles de colores y ofrecerte cosas gratis como medirte la presión.
para pasar el rato, me quité la chaqueta, descubrí mi brazo y deje que me midan el torrente (que bonita palabra, suena a portento, tormenta y carente). los números dados, me dije, me servirán para jugar a la lotería, mientras me envuelven el brazo, voy mirando como pasa toda la gente a mi lado, como otros se quitan la chaqueta y se descubren el brazo y esperan en una línea, algunos reciben chocolates, a otros les dicen que deberían dejar de comerlos, todo va pasando delante de mí, alguien me llama, no quiero, y la chica dale a la bombilla, me sonríe en esta mañana cualquiera de tantas en donde he amanecido como un vaso vacío, aprieta y me dice, tu presión está muy bien, no sé que significa eso, y los números, mi presión está bien, lo sé, presión a mis espaldas, y los números, le pregunto, y desinfla la bombilla, no hay números, los he olvidado, no hay lotería, presión precisa precio precisión, pienso en palabras encadenadas, cubro mi brazo, no hay números y camino, la presión está bien.