1.
llegamos a la playa, miramos el mar que en realidad nos resultaba pequeño y encerrado. aún de pie y antes de deshacer el bolso con las toallas y los juguetes de ese entonces, césar dijo "al otro lado, la playa es más ancha, más bonita, el mar es muy grande y hay menos gente" señaló una pampa que decidimos escalar en enero, con el sol que nós dolía sobre la piel que entonces tenía bastantes años menos.
al llegar a la cima de la pampa, hicimos un alto, tomamos un poco de agua y recuerdo que, aunque ya había visto el mar muchas veces, esa fue la primera vez de varias que lo vi realmente porque yo he tenido varias primeras veces con el mar así como primeras veces con el amor y todas esas cosas grandes, llenas de espuma y de arena, donde la gente se acuesta, veranea, atardece, se insola y deshidrata y hasta a veces, agoniza.
ahí, estando arriba césar me dijo "viste, yo te dije". bajamos la pampa a zancadas, casi revolcados en la arena que nos raspaba las escamas de niños aún, como dos peces secos buscando el mar. llegamos a la orilla y nos sentamos en la arena húmeda. la playa estaba vacía. nos quitamos la ropa para entrar al mar pero nos detuvo la presencia de un salvavidas que sacaba en brazos a un ahogado.
nos quedamos jugando en la arena un rato, luego volvimos a la playa pequeña por el mismo camino, sin prisa y en silencio. nunca nos abrazó ese mar que nos llamaba desde lo alto de la pampa.
en el fondo de nuestras cabezas de 10 años parecía habernos quedado la moraleja de una fábula que resultaba como una carta comodín en nuestra memoria, el acertijo aplicable a cualquier vivencia futura, esa fábula que siempre recordamos pero que nunca entendimos.
2.
por esa época solía fijarme en los esqueletos de cangrejos que siempre estaban acostados sobre la arena, como una imagen plana, un dibujo, pintura blanca sobre ocre, daba un poco de pena saber que fueron cangrejos andando de lado, y luego, morían en un solo sitio y quedaba solo su esqueleto armado e inmovil como una huella de una vida detenida.
tomaba los restos de los cangrejos y los levantaba, los hundía en la arena, en vertical, les daba otra forma y a veces eran puentes, bosques árboles blancos, soldados en batallon, gente en una línea haciendo cola o partes del animal que revivían ante mis ojos.
luego, deshacía todo y lo tiraba al mar, el cangrejo en pedazos y todo desaparecía.
3.
hace dos años entregaba mis manos al azar porque quería creer que existía un destino, es más fácil, me decía, levantarme y aceptar que los astros confabulaban entonces (y ahora) para la melaconlía, que la luna me desafasaba y menguaba y yo con ella, que neptuno estaba enojado el día que nací y por eso me dejo la furia, y que más daba, que no era culpa de nadie sino del sol dominante interpuesto ante la luna cambiante que las cosas de pronto se fueran desenredando, era más fácil, pensar que el plato de arroz, el espejo que lloraba y la cama caliente ya estaba escrito.
quería seguir el guíon.
entregué mis manos y me dijeron: veo firmeza en tus manos, aunque no veo el destino.
(nunca lo tuve)

(a veces uno busca respuestas en las cosas que no se tienen)
4.
sucede a veces que los días parecen llegar con un tumor oscuro que nace en alguna parte de las horas, hay un llanto desgarrado debajo de las copas, una tristeza sobre el mantel, un vacío en las ventanas, melancolía en las toallas húmedas del baño, algo se marchita en las restos de comida.
en esos días suelo quedarme quieta para que nada se rompa y no me sangren los espacios, que no estallen las cosas como granadas en mi mano, camino sobre la punta de mis pies por lo cotidiano, campo minado, me acuesto por horas e inmóvil y espero a que el día solo vaya pariendo el dolor ante mí, sin tocarnos, que poco a poco, se vayan rompiendo las cosas, que estallen a lo lejos, que nos duela un poco menos, sin que yo me mueva, que si hay guerra y aunque me mate, que por favor ésta estalle, literalmente, que empiece sin que yo tenga que disparar.
5.
esta noche mi gato ha vuelto herido otra vez y creo que ya me he acostumbrado a su dolor. ya sé que no se morirá. sé que debo revisarle los huesos, los músculos, aguantar que me muerda y que se esconda en mi armario, debo usar mi mano violenta y evitar que no se lama las heridas, buscar la solución en un frasco y lavarle las heridas en una pelea.
a veces creo que él también sabe de mis heridas y ya se ha acostumbrado. en estos días abultados en los que regreso llena de heridas, me escondo en la oscuridad de mi habitación a lamerlas, él se acuesta a mi lado, saca sus garras y las hunde en mi piel descubierta, reacciono ante el dolor y me mira como comprobando que aún sigo viva, suspira, lo sabe, él sabe de peleas, se da la vuelta y dormimos heridos los dos la siesta.
ambos sabemos que tenemos varias vidas, habrá que seguirlas gastando.
lo cotidiano, ya no es real / o al menos eso quisiera / rueda, fortuna / contra las furias inoportunas / que nos vuelven monstruos