Estuve dos semanas en cama, sufrí de un ataque de memoria con convulsiones y vómitos de olvido, porque de esas cosas también uno se enferma.
De lo poco que recuerdo fue así: estaba en medio de una sala llena de gente repitiendo cosas que vengo repitiendo -que repito y repito valga la redundancia- cada año repetido.
De pronto sucedió que las palabras salían desde mi boca, repetidas y yo las iba olvidando una tras otra. Decía cielo tantas veces y tan gastado y miraba hacia arriba y ya no había nubes ni estrellas solo un vacío, decía corazón y algo se me marchitaba dentro y mi sangre en silencio sin galope dejaba de sostenerme, yo me iba asfixiando, decía mar y solo nos quedaban los peces muertos, la espuma oscura y un montón de barro, me quedaba con los cafés repetidos sin fondo y sin ruido de olas que también desaparecía, decía Lima y la ciudad colapsaba en una gran explosión y todo iba desapereciendo en mi discurso, me iba olvidando de todo con lo que había vivido hasta el día de hoy, cada palabra devoraba mi espacio, cada memoria pasada se devoraba a mi presente hasta dejarme sin piso y yo entonces, delante de esa gente, colapsé.
Amanecí en una cama que no era la mía, con vista hacia un cielo nuevo que parecía recien pintado porque yo había olvidado ya los anteriores, los cielos perdidos, los cielos de páginas, los cielos gastados y de colores de otras ciudades que ya no recuerdo tampoco. Sentía el tacto de las sábanas celestes como el cielo y yo aprendía a relacionar las palabras con las cosas, las sensaciones nuevas iban reconstruyendo mi memoria, lo celeste con el cielo, con la cama, con las sábanas con mi mundo recién pintado con poquitas cosas en una habitación blanca y vacía, todo nuevo.
Una señorita me tomaba el pulso y la temperatura, "su corazón está bien" me decía y algo latía dentro muy lento, bajito, en un susurro como el suspiro de un tren que flota alejándose de una ciudad que perdió la guerra.
Me dejaba sola en la habitación y la memoria del llanto de tantos que tuve era solo un borrón. Empezaba a llover afuera y yo me adormecía.
Me despertaban cada cierto tiempo para inyectarme suero de memoria: unas agujas grandes y unos tubitos de colores entraban a mis venas y por dentro se llenaba de nuevo la sangre más limpia como tinta que no se ha tocado, flotando sobre mis entrañas nuevas y en blanco.
Poco a poco fui recuperando la memoria en esa cama, bajo supervisión profesional, la memoria ya no me atropellaba, ni me desgarraba ni me tragaba, era simplemente una película del pasado proyectada en una televisión donde cada paciente que convalecia de ataques de memorias veía una película propia sin sentirse ya protagonista sino otro, terapia de veneno como antídoto, de la inotxicación para generar anticuerpos.
Y si cambiaba de canal, la memoria siempre y yo siempre antes con todo lo repetido, como la publicidad, las películas del cable, todas repetidas, y yo misma y lo de siempre, mis películas de acción, drama, comedia y terror fijas en horarios y si quería las apagaba y las apagué.
A los pocos días me dieron de alta, los resultados de las pruebas decían que de tanta intoxicación de memoria había generado los anticuerpos necesarios para no morir de melancolía ni nostalgia.
Ni de nada.
Parte de la terapia fue el silencio y el encierro. Me miro las venas y solo tengo sangre, el corazón intacto y yo estoy mirando mi ventana, escribiendo palabras nuevas que son las mismas pero ya no significan lo mismo: ahora la "palabra de honor" es un escote que me sentará bien el día de mi boda con otros, la "memoria" una parte de mi ordenador (de ideas) y "tú" el segundo pronombre en singular, solo y sin nombre de mi libro de gramática repetida y necesaria para enseñar un idioma extranjero que no dice nada.