taluego

en mi casa de aquí no les parece que debería alimentar a un gato callejero con premeditación y alevosía -no es que esté viviendo de mis sobras- cada tarde, tampoco debería sentarme todas las tardes con él cuando ya me canso de escuchar la televisión de fondo y las sobremesas delante, tampoco les parece que debería acariciarlo y dejarlo que trepe a mi regazo cuando es tan solo un gato callejero y ajeno y al fin y al cabo cuándo tú te vayas ¿quién lo va a alimentar?

(los corazones callejeros pasean por los techos y algunos gatos se los comen y se lamen luego en silencio)

me da cierta pena y entonces me empiezo a despedir lentamente de las cosas.

las despedias suceden por estos días ya no como esos golpes de antes, ladrillazos en habitaciones, balas en los aeropuertos, ya no. suceden, más bien, como quien va cerrando poco a poco la llave del aire o del gas (o la abre) y quizás me voy ahogando y siento esa falta de aire en el pecho mientras voy armando las maletas y así sin respirar sigo andando hasta aterrizar en el mismo viento y pasar a otra cosa ya.


(el aire de la libertad me ahoga. a veces, me mata)

y lo peor de todo es que por este lado se dice sin pudor "te voy a extrañar" como quien rompe de una pedrada un vidrio de mi casa, como una navaja de colores en mi corazón lleno de invierno de lima y ya pasó el tiempo de los "echar de menos" que siempre suena así, a algo que se quita y ya no está, como las listas y una cosa menos que querer, que cuidar una cosa menos que ir echando en todas partes.

y en cambio el extrañar te vuelve un ser raro que no se va, un extraño fantasma tuyo que se queda y sigue siendo parte del ruidito de la televisión y participa en la sobremesa, un fantasma que los gatos callejeros olfatean y buscan cuando reposan en ese hueco que se queda hasta que venga alguien y los eche (o los alimente), y así arrancar con palmadas o agua fría al recuerdo que se sienta cada tarde a manosear y masticar pedazos de animales muertos en el portal.



(y se llenan de fantasmas los portales donde descansan los gatos sin dueño, el auto vacío en el tráfico limeño, la inmensidad del mar desde un café donde te atienden mal y te ríes, las carreteras que son avenidas y vias expresas recorridas miles de veces llenas de vacío, se llenas de fantasmas los bares animales de los que me echaron y se sientan los fantasmas en los parques a beber de latitas de confusión flotando en cerveza, se llenan de fantasmas todas la habitaciones y los techos de las casas llenas de otros fantasmas en esta ciudad llena de niebla. ciudad fantasma)




y no me quiero olvidar de unas cosas que se me han aparecido sin que yo las invoque, como fantasmas con quienes a veces tropiezo en mi cuarto y se acuestan conmigo porque siempre están ahí: un disco de dylan, un escrito, una carta, un libro de liniers (ahora autografiado) unos chocolates, algun librito incompleto que quizá me cambie la vida, una película tan bonita que aún no la termino, tantos días y noches que se metieron entre mis cosas... las empaco con cuidado entre mi ropa, para que no se vean, para que no me las arranque algún aduanero, y las conservaré como si fueran llaves hacia otras dimensiones, porque quién sabe las necesite allá cuando las puertas se me cierren en cualquier invierno y solo quiera abrir huecos en las paredes buscando un pedacito de niebla, cruzar el umbral y volverme a encontrar con el gato callejero y hasta con el hombre de la basura que me despierta religiosamente cada mañana y a quien yo he aprendido a odiar con mucho afecto.




(ya me voy, pero ya regreso)